V aniversario de la beatificación de San Óscar Arnulfo Romero

Monseñor Rafael Urrutia es el párroco de la iglesia Óscar Arnulfo Romero en San Salvador, antes llamada Iglesia La Resurrección; desde su oficina, ha trabajado para reivindicar el martirio y la santidad de ambos sacerdotes asesinados durante la pasada guerra civil. Estos crímenes continúan en la impunidad.

Texto de la carta

Querido Monseñor Romero:
Celebrar la Eucaristía el día de ayer domingo 4 de mayo de 2020 teniendo presente la figura de Jesús, el Buen Pastor, removió en el baúl de mis recuerdos su Ministerio Episcopal. Pocos días después de su toma de posesión de la Sede Arzobispal el 22 de febrero de 1977, el 12 de marzo asesinaron al Padre Rutilio Grande, S.J. y a dos de sus acompañantes mientras iba a celebrar una misa al Paisnal. La Providencia Divina quiso que ese evento martirial se convirtiera para Usted en una nueva llamada del Señor a ejercer el oficio del Buen Pastor, que no abandona a las ovejas cuando ve venir al lobo y volvió su rostro a Dios a fin de que Él guiara sus pasos por el sendero hacia donde Él quería conducirlo, que no eran los mismos a los que Usted estaba acostumbrado. Fue un llamado a guiar a su pueblo con fe y valentía, con la confianza de que el Señor es su Pastor y que, aunque camine por cañadas oscuras, ningún mal temerá, porque tenía la certeza de que Dios le acompañaba y su vara y su cayado lo sostenían. Y de esto han transcurrido ya cuarenta y tres años.

Yo no estaba a su lado aquel atardecer cuando una bala muy certera le proporcionó la inestimable fortuna de morir como “testigo de la fe al pie del altar”; pero aun en medio del intenso dolor que sumió mi corazón en la soledad, tenía la certeza de que Usted a lo largo de su vida vivió habitualmente en santidad, porque esa era su meta, y que el don del martirio que Dios le había regalado aquella tarde era la plenitud de una vida santa. Y fue entonces cuando encontré consuelo frente a su cuerpo inerte, cuando acepté que su evento martirial era voluntad de Dios. Entonces me gocé pensando que Dios lo eligió para su misión martirial porque encontró en Usted a un hombre según su corazón. Y fueron estos pensamientos los que iluminaron mi noche oscura y me dije: “Dios encontró a Óscar, lleno de gracia”.

Le estoy escribiendo estas líneas para recordar a su lado el aniversario de su Beatificación. Han transcurrido cinco años desde aquel 23 de mayo del año 2015. No fue fácil llegar a ella, fue un camino muy difícil, pero con la ayuda de todos los actores llegamos a ese momento. Yo sé que Usted sólo quiso ser un Obispo con olor a oveja como el Buen Pastor, nunca pensó en el honor de los altares. Fue Monseñor Arturo Rivera Damas quien pensó que su humilde testimonio de vida podría servir de inspiración para la vida de sacerdotes y fieles; y entonces decidió introducir la causa de canonización por vía del martirio.
Aquel 4 de febrero de 2015, cuando me enteré, mientras desayunaba, de que el Papa Francisco había autorizado a la Congregación para las Causas de los Santos que promulgara el Decreto sobre su martirio, me quedé impávido por un instante, creí que era un sueño, pero no, el Cardenal Rosa Chávez me lo confirmó, era cierto. Permanecí en silencio, pero no cesaba de repetirme muy dentro del corazón: “todo está cumplido”. ¿Quién me podrá apartar del amor de Cristo?

Por favor, desde el cielo y como dice la gente: “Usted que está más cerca de Dios, interceda por su pueblo” a fin de que podamos encontrar serenidad y paz en estos momentos en que vivimos esta pandemia del covid19. Una pandemia que nos tiene confinados con una cuarentena domiciliar impuesta por nuestras autoridades a fin de que podamos mantener el distanciamiento social como medio para evitar la propagación del coronavirus y salvaguardar nuestras vidas. En esta lucha contra esta pandemia ha sido difícil la colaboración de la población. Es triste ver como en El Salvador algunos líderes políticos y personas influyentes en la opinión pública, ante la amenaza latente del coronavirus han mostrado su cara más oportunista y su desinterés por el bien común. Y uno de estos días en los que uno siente la preocupación de que todo va como a la deriva; y vemos florecer la pobreza por todas parte, me puse a pensar en ¿qué nos diría Usted en estos momentos? Y se me ocurrió pensar que nos diría algo como esto: “Yo quisiera en nombre de este sufrido pueblo salvadoreño, hacer un llamado a los tres poderes del Estado y a todos los actores de la vida política del país: cesen la polarización y únanse ante las necesidades de este pueblo que sufre, busquen el bien común que beneficie a las mayorías”. Seguro, Monseñor, que esto es lo que yo habría querido escuchar. ¡Cuántos buenos recuerdos tengo de sus homilías! Usted fue una palabra de Dios para este pueblo. Con Usted Dios pasó por El Salvador, como solía decir el Padre Ignacio Ellacuría.

Esta situación nos ha obligado a reinventar los modos de como llegar a nuestros fieles a través de medios digitales y nos hemos visto obligados a realizar una pastoral de acompañamiento cibernético; lo que me llevó a recordar la amada pastoral de acompañamiento a la que Usted nos invitaba a vivir en medio del conflicto armado. Y acostumbrados a ser pastores con olor a oveja, no ha sido fácil adaptarnos al estilo de ser pastores virtuales obligados a estar lejos de las ovejas y hemos hecho esfuerzos por mantenernos muy cercanos al rebaño, esforzándonos por reinventar la figura del Buen Pastor, que no abandona a las ovejas.
También este tiempo nos ha dado la oportunidad de vivir una cierta experiencia monástica del ora et labora. Y la soledad y el silencio me dio la oportunidad de hacer una mirada a la historia de la vida pastoral de nuestra Iglesia Arquidiocesana y de sentirme muy orgulloso de su compromiso con la evangelización y la acción por la justicia a partir de la opción fundamental por los pobres. Pude ver que el venerado Monseñor Luis Chávez y González fue el auténtico renovador de nuestra Iglesia conforme a las exigencias pastorales planteadas en el Concilio Vaticano II y los Documentos de Medellín. Con Usted, Monseñor, Dios pasó por El Salvador predicando y haciendo el bien y defendiendo los derechos humanos de los pobres, encarnando la figura del Buen Pastor, hasta dar su vida por sus ovejas. Don Arturo Rivera Damas, como me gusta llamarlo, se convirtió en el Pastor que buscó organizar la pastoral de conjunto y alcanzar la solución del conflicto armado. En medio de la persecución supo ser fuerte para impulsar la evangelización y soportar los embates de sus perseguidores con serenidad y paz. Sabe, Monseñor, voy a decirle algo que siempre he pensado: él, junto con el Cardenal Rosa Chávez son los padres de los acuerdos de paz en El Salvador. El tema del laico en el mundo caracterizó el enfoque arzobispal de Monseñor Fernando Sáenz Lacalle, insistiendo en que ellos debían asumir un compromiso político que le diera el sabor del evangelio a la política, deseo del arzobispo que no logró la acogida en los agentes de pastoral. Monseñor José Luis ha querido impulsar una Iglesia Misionera en el espíritu de Aparecida, que sea fermento del Reino en la transformación y salvación de la sociedad, quiera Dios que podamos ser de verdad una Iglesia Misionera. Su Primera Carta Pastoral es un llamado a todos los sectores a trabajar por la paz luchando por la justicia en defensa de los derechos de las víctimas. Su Segunda Carta Pastoral es una auténtica sinfonía sobre el martirio, escrita con ocasión de su Beatificación y en memoria de todos los mártires de El Salvador.

Los Obispos de la Conferencia Episcopal declararon este años 2020 como “Año Jubilar Martirial” con ocasión del 40 aniversario de su martirio y 43 del martirio de Rutilio Grande y su Compañeros Mártires y es que “la Iglesia de nuestro tiempo sigue escribiendo su martirologio con capítulos siempre nuevos, actuales. Y no se pueden olvidar, no se pueden apartar los ojos de esta realidad que es dimensión fundamental de la Iglesia de nuestro tiempo. Como afirma el Papa Francisco: “los mártires son aquellos que llevan adelante a la Iglesia, los que la han sostenido siempre y la sostienen hoy. Ellos son la gloria de la Iglesia, nuestro apoyo y también nuestra humillación…, y todo por confesar su fe en Jesucristo. Esta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy; por eso una Iglesia sin mártires, es una Iglesia sin Jesús. La sangre de mártires es semilla de cristianos. Ellos con su martirio, con su testimonio, con su sufrimiento, incluso dando su vida, ofreciendo su vida, siembran cristianos para el futuro en la Iglesia” [1].  Por esta razón nuestros Obispos incluyen en el Año Jubilar Martirial el recuerdo de nuestros mártires, aunque no estén canonizados, pero que murieron con fama de martirio, como lo son el Padre Cosme Spessotto, el Padre Nicolás Rodríguez y las Religiosas Norteamericanas.

¿Cómo no sentirnos, Monseñor, orgullosos de una Iglesia bendecida y bañada con sangre de mártires? Una Iglesia a punto de celebrar la beatificación del Padre Rutilio Grande y de sus Compañeros Mártires. Esta historia de martirio, fruto de la evangelización y del compromiso por los pobres y la defensa de los derechos humanos, creo que debe motivarnos a ser siempre una Iglesia misionera, evangelizadora. Una Iglesia en salida, que va en busca de la oveja extraviada, de la que sufre, de la excluida, de la marginada. Este es el gran reto que tendremos al final de esta cuarentena. Es una invitación a “Sentir con la Iglesia” caminando con nuestros mártires en pos de Cristo. Por favor rece por nosotros.

Finalmente, solo quiero decirle cuánto lo extraño y lo recuerdo, sobre todo en momentos difíciles de la vida sacerdotal cuando se experimenta la soledad y parece que en medio del desierto no se encuentra el camino. Sé que ahí está Usted con su corazón de Padre para indicar que el camino “no es por aquí, sino por allá”. Gracias Monseñor por ser San Óscar Arnulfo Romero, una luz que deja translucir siempre la luz de Cristo. Un abrazo.

Fuente: Vaticannews.va

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