DOMINGO 18 T.O. CICLO A. D. 02.08.2020. MT. 14,13-21.

PAN PARTIDO Y COMPARTIDO

La lucha contra el hambre es un reto, un desafío para todo cristiano y todo ser humano sensible con quien sufre. La compasión nos hace descubrir el amor y la solidaridad. Mt. 14,13-21, nos descubre la compasión de Jesùs.

Jesús, nos muestra el rostro de un Dios compasivo que escucha y siente dolor. Sana a los enfermos, sabe que tienen hambre de Dios y de pan (v.14). Está atento a las necesidades fundamentales del ser humano, nos da comida y bebida, símbolos de la salvación esperada.

Dios nos convoca a compartir el pan de la fraternidad, en la mesa que Él mismo nos prepara: “vengan a beber agua, compren trigo, coman gratuitamente vino y leche (Is. 55,1) Escúchenme y vivirán (v.3). Israel, como nuestros pueblos hoy necesita alimento agravada por la pandemia de coronavirus. Jesús nos cuestiona, como cuestionó a sus discípulos: “Denles ustedes de comer” (v.16). Realiza un gesto profético: Tomó los cincos panes y los dos pescados (v. 19) Levanta los ojos como signo de gratitud a su Padre, los bendice los parte para compartirlos.

En el dar y compartir el pan, se descubre al discípulo y hermano. Dar y compartir, aún lo poco que se tiene con una generosidad, se convierte en tarea solidaria. La plenitud de la salvación está en el hambre y la sed de justicia que nos lleva a la comunión con Dios. No se trata de satisfacer una necesidad material, sino tiene un sentido más profundo: el hombre no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Dt. 8,3; Mt 4,4).

¡Cuánto tenemos que aprender los cristianos y el mundo de hoy, si se realizarán políticas justas y solidarias de una mejor redistribución de los recursos naturales y de la economía que incluya a la gran mayoría de pobres!

El gesto de Jesús es de un gran realismo. Su Palabra cuestiona y realiza la presencia del reino de Dios, cuando responde a la necesidad del hambriento en la mesa de la lucha contra la pobreza, cuando el pobre se siente en la misma mesa de comunión y de participación será reconocido como una hija, hijo de Dios.

La Palabra de Dios se convierte en vida, si la escuchamos con atención y abrimos nuestro corazón al gemido y al dolor del pobre que clama no por una dádiva de un día, que lo adormezca y lo mantenga en la misma situación de excluido, sino en un reconocimiento de su dignidad como persona, en su participación en mejorar su calidad de vida con estudio, trabajo, bienestar y con un espíritu nuevo porque sentimos el amor de Cristo: “nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús”(Rom 8,39).

El gesto de Jesús de compartir el pan entre las multitudes es de cercanía al ser humano. Se ha interpretado como la anticipación del pan eucarístico, que nos congrega como hermanos en una misma mesa y a compartir el pan de la fraternidad y justicia para todos.

(Fr. Héctor Herrera, o.p.)

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