Homilía III Domingo de Cuaresma. 07.03.2021

Lectura 1: Ex 2º,1-17
Salmo: Sal 18
Lectura 2: 1Cor 1,22-25
Santo Evangelio según san Juan 2,13-25

Una alianza de vida desbordante expresada y condensada como 10 mandamientos nos es descrita en la primera Lectura. Alianza que se origina en Dios y va destinada a la comunidad creyente, que expresa no sólo criterios jurídicos, sino éticos, es decir, en las propias relaciones humanas entre los creyentes ha de expresarse el signo de la comunión. Alianza en la que Dios le recuerda a su pueblo que liberó de la esclavitud histórica de uno de los grandes del mundo antiguo, Egipto.

Alianza irrevocable por parte de Dios. Alianza mantenida por parte de Dios, que hace promesas. Y muchos de nosotros hacemos promesas, aquello que nos provoca incluso algunas causan extrañeza, cuando lo más indicado espiritualmente es que acojamos las que son suscitadas por Dios y que las encontramos reflejadas en el Primer Testamento y en el Segundo.

En el trocito de la Carta dirigida a los cristianos que moran en la ciudad griega de Corinto, el apóstol Pablo pone nuevamente el énfasis en la predicación de Cristo, aquel que es poder amoroso y sabiduría desbordante de Dios. Señala además que la necedad de Dios supera a la sapiencia humana y que la debilidad de Dios igualmente prevalece sobre la fortaleza de los seres humanos.

Predicar a Cristo -y con todas las consecuencias que trae esto- es la misión apasionada de Pablo, quien se atreve a señalar algo así como la necedad y la debilidad de Dios. Renovarnos en la vida cristiana implica hacerlo también en la acogida siempre desconcertante de la Palabra de Dios como en esta lectura paulina en la que Pablo al contrario de acentuar a un Dios sabio y fuerte, más bien sella su visión con la simplicidad o locura, y el agotamiento o debilitamiento de Dios.

¿Y qué hace Jesús en el Evangelio de hoy? Con actitud sorprendente elabora lo que popularmente decimos un chicote, y expulsa a vendedores de bueyes, ovejas y palomas, incluyendo a los animales. Arroja también a los cambistas, vuelca las mesas donde se realizaban las transacciones con las monedas y las esparce. Y de manera particular, es decir, dirigiéndose especialmente a los vendedores de palomas les increpa duramente con palabras y el sentido propio de los profetas del Testamento Antiguo o Primero: la casa de Dios no puede ser convertida en casa de mercado.

Los judíos piden a Jesús algo que pueda certificar lo que acaba de realizar pues el Hijo del Hombre ha actuado con arrojo profético en el Templo. Y ahí hace Jesús una referencia al templo de su propio cuerpo, aludiendo a la resurrección, a la acción glorificadora que le ocurriría tiempo después en la que Dios le expresaría, por así decirlo, su “sí”, renovaría el “sí” a la vida de Jesús, vida abierta hacia aquellas personas que confían en el Hijo de Dios.

El Evangelio nos señala que ya en la Fiesta de Pascua en Jerusalén, muchas personas creyeron en Jesús, en su nombre, es decir, se fían de la propia persona de Jesús. Pero, en cambio, Jesús ¡no se fía de ellas! Desconfía porque conoce intenciones y actitudes, y no se queda en la alabanza hacia él o en gestos que podrían ser catalogados de interesados o hipócritas.

La Alianza de Dios con su pueblo permanece. Sin embargo hemos de alejarnos que aquellos/as que agitan la política en estos tiempos previos a las Elecciones de nuestro país, buscando ampararse incluso en la fe, pues en general son concepciones arcaicas de fe. Se ha de evitar transformar directamente el mensaje religioso en mensaje político.

Hemos de acoger con plenitud que Dios en su debilidad, o locura quizá, nos regala el don precioso en Jesús, aquel todo-débil que con atrevimiento profético purifica el Templo, que se había convertido en una especie de entidad bancaria central, con oficinas de cambio de monedas, con venta de animales cuyos dueños pertenecían a las clases dominantes del pueblo hebreo.

No es un mercado de compra-venta ni la fe nuestra en Dios, ni la propuesta de Dios, pues el amor cristiano se ahuyenta de criterios utilitaristas de oferta-demanda, de mecanismos económicos de “mercado”, y se inclina más bien hacia el lado de la gratuidad en la Alianza.

Fr. Marco Nureña, OP. – Radio San Martín

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