Jueves 18 de julio 2024. Evangelio del día. Decimoquinta semana del Tiempo Ordinario – Año Par

San Bartolomé de los Mártires

Primera lectura del libro de Isaías 26, 7-9. 12. 16-19Aprendan de mí

Salmo 101, 13-14 y 15. 16-18. 19-21 R/. El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra.

Mateo 11, 28-30: Aprendan de mí

La mansedumbre y la humildad no son virtudes muy apreciadas. Hoy abundan los mensajes en las redes que nos animan a destacar para no pasar desapercibidos. Nos animan a sacar brillo a nuestro discreto potencial hasta que cause admiración en otros. Nos animan a ser reactivos, a responder incluso con grosera violencia, a no callar. Nadie se sentiría hoy atraído por la imagen de aquel borreguito que anunciaba el jabón para ropa delicada; sí por la del tiburón de la famosa película de terror.

En la carta a los Gálatas, encontramos la mansedumbre como uno de los frutos del Espíritu Santo (5:22-23) cuyo símbolo es una paloma. En la escritura encontramos la misma virtud referida a Jesucristo, descrito como cordero llevado al matadero por el profeta (Is. 53:7) y como Cordero de Dios por el Bautista (Jn. 1: 29) En el evangelio de san Mateo que hoy leemos, es Jesús el que se muestra a sí mismo y nos anima a aprender de su corazón, manso y humilde, en el que podemos descansar.

Nada tenemos que demostrar. La confianza nos sitúa correctamente frente a nuestro esfuerzo, lo pone en su sitio, apartándonos de la compulsiva actividad que arrolla a los hermanos. También nos aparta de los agobios, de todas nuestras incertidumbres y de nuestros miedos. No es necesario madrugar ni trabajar hasta muy tarde (Sal. 127:2) pues nos basta con vivir la fraternidad de los hijos de Dios, amigos y hermanos en Cristo Jesús.

La mansedumbre de Jesús frenó el avance de la violencia y de la injusticia, y el pecado dejó de campar a sus anchas. Jesús confió y no fue abandonado. Descansó en los brazos del Padre como nos pide hoy descansar en su pacífico corazón a todos nosotros. También a todos que, como él, han sido golpeados con dureza, abandonados por sus amigos, maltratados, calumniados con falsos testimonios o injustamente perseguidos. Todas las víctimas pueden confiar y lo que es más admirable: también los verdugos, esos ladrones arrepentidos de todos los tiempos a los que se refería el trapense Christian de Chergé en su testamento, ladrones conmovidos por el dolor y por la injusta muerte del Cordero inocente.

¿Alguna vez hemos considerado que la mansedumbre contrarresta la violencia y detiene su macabro progreso?

¿Nos hemos atrevido a guardar silencio ante el humillante insulto?

¿Hemos renunciado a resarcir nuestra estima frente al menosprecio?

F/ Dominicos.org

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