Evangelio del día Miércoles 7 de mayo del 2025. Tercera Semana de Pascua
Primera Lectura. Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 8, 1b-8
Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a R/. Aclamad al Señor, tierra entera
Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 35-40 “Me habéis visto y no creéis”
Esta es la cuestión: Cristo está a nuestro lado, nos habla, nos da signos, pero no los terminamos de ver. Cada día despertamos ¡vivos!, ¡primer milagro diario!; abrimos los ojos y la luz del día nos inunda, pero nos pasa desapercibido este segundo milagro, también diario. Puede que en nuestra ventana haya una maceta florecida, y, ahí, tendremos otro milagro. Pronto oiremos la vida a nuestro alrededor y ya los milagros son incontables y se suceden sin solución de continuidad, pero nos cuesta ver la mano de Dios en todos y cada uno de ellos. ¡Son tantos que los “vemos y no creemos”!
En el fragmento que leemos hoy, se repiten dos frases, en español iguales, en arameo no sé cómo sonarían, pero en ambas Jesús nos dice: “¡… y yo lo resucitaré en el último día!” Esto del “último día” siempre me ha traído problemas: ¿Dónde está el último día? Creo que serán miles las homilías en las que se me identifica ese último día con un fin del mundo total y absoluto, para todos y cada uno. Un día en el que resucitaremos todos los buenos, algunos dicen: “con los mismos cuerpos y almas que tuvimos”. ¿Qué tuvimos cuándo?, porque mi cuerpo octogenario no sé si me anima a esa resurrección, y esperar tanto tiempo se me hace largo…
Si cuando cierro los ojos a esta vida humana me integro en la “Eternidad” de Dios, ¿tendré que seguir, no sé dónde y no sé cómo, esperando esa resurrección universal o ya estaré en ese eterno “ahora” de Dios y, por lo tanto, resucitado?
Hace cinco largos años, murió mi esposa, unos días antes de celebrar nuestra boda de oro. En su “funeral”, pedí al celebrante que evitara el color morado, le dije que no creía en la muerte, pero sí en la resurrección. Todos los que nos acompañaban en aquella celebración pudieron escuchar a un viudo, con su esposa aún insepulta, que daba gracias a Dios por los años vividos juntos, por los hijos y nietos todos presentes en el acto, y porque sabía que ella ya estaba resucitada al lado del Padre. Aunque las lágrimas estuvieran presentes y la voz se quebrara en algunos momentos, aquel canto de vida y esperanza resonó en muchos oídos y en algunos corazones.
¡Aclama al Señor tierra entera!
F/Dominicos.org

