Domingo 15 de marzo de 2026 – Domingo de Cuaresma

Homilía IV

Primera Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

Segunda Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:

«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:

«El mismo».

Otros decían:

«No es él, pero se le parece».

El respondía:

«Soy yo».

 

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:

«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:

«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:

«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:

«Que es un profeta».

Le replicaron:

«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:

«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:

«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:

«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

 

Reflexión

Este cuarto domingo de Cuaresma pone el foco en las formas de mirar y la manera de mirar de Dios. La mirada de Samuel, que aprende a discernir sin dejarse seducir por el brillo. La mirada de Pablo, que no empieza por “haz” esto o lo otro, sino por “eres…” luz en el Señor. Y la mirada de Jesús, que al encontrarse con un ciego de nacimiento rompe el reflejo automático de buscar culpables. No pregunta “qué pasó”, sino “quién eres tú”. Y eso lo cambia todo.

Hoy vivimos rodeados de opiniones, diagnósticos, sentencias, polarizaciones. Se discute de todo, se opina de todos, pero cuesta mirar de verdad. Mirar sin juzgar de entrada; mirar hasta reconocer un rostro.

La palabra de Dios nos invita a revisar nuestras cegueras: en la familia, en la Iglesia, en el trabajo, en el aula, en la calle. Y también a pedir sin dramatismos: “Señor, cura mi mirada y enséñame a ver”. Porque a veces el milagro no es ver más cosas, sino ver mejor.

 

F/ Dominicos.org

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