Martes 07 de abril del 2026 – Semana de la Octava de Pascua
Primera Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 36-41
Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R/. La misericordia del Señor llena la tierra
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 11-18
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».
Reflexión
En un contexto cultural en el que el testimonio femenino carecía de valor jurídico, el Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena como la primera testigo de la Resurrección, y a un Dios que una vez más, sitúa en el centro a quien, socialmente hablando, está en los márgenes.
No podemos evitar recordar en nuestra reflexión, a tantas personas perseguidas aún hoy por su fe, y queremos dejar la ocasión para poner en valor la valentía que ello conlleva. No debe ser fácil hacer pública una manifestación de fe cuando la seguridad y la vida está en riesgo, por lo que, aunque sólo sea por esas personas, quienes lo tenemos más fácil, debemos manifestar nuestra alegría de vivir con Dios en el centro.
Si realmente hemos tenido una experiencia de Dios, no hay mucha opción, salir a anunciar la resurrección, es a lo que estamos llamados los hijos e hijas de Dios.
¿Qué situaciones de dolor o fracaso podrían convertirse, a la luz de la Pascua, en lugar de envío y testimonio?
¿Mi fe se traduce en un anuncio visible y coherente en mi entorno?

