Escrito por Salomón Lerner Febres
Uno de los rasgos más visibles del Perú de hoy es el deterioro de nuestra comunidad social y política, corroída por serias deficiencias de los grupos dirigentes y también por el debilitamiento de nuestros hábitos de diálogo y nuestra tendencia a encontrar en el otro un vecino distante, cuando no, un obstáculo para el propio interés convertido en única verdad y exclusivo criterio de conducta.
Así lo comprobamos día tras día en los múltiples estallidos de violencia local que han constituido nuestra cuota diaria de noticias a lo largo de los últimos años; en la conducta de gremios empresariales, encastillados en actitudes poco solidarias, decididos frecuentemente a colocar su propio interés por encima de normas, reglas o acuerdos existentes; y también en la respuesta hostil que, en ocasiones, las poblaciones movilizadas por agitadores ofrecen a proyectos que deben aún examinarse a la luz de evaluaciones pertinentes.
Hallo razonable encontrar en los cimientos de tales problemas una misma motivación; la intolerancia y el olvido del diálogo respetuoso como forma de procesar los asuntos humanos, sobre todo los que se hallan cercanos al desencuentro. No resulta desatinado pensar que ello ocurre como fruto de una fractura, que arrastramos desde nuestro momento fundacional como república, en la cultura cívica en nuestro país, quiebre que se manifiesta en el naufragio de nuestro lenguaje público que nos hace vulnerables a nuevos brotes de violencia e impide al país adoptar decisiones públicas que, apoyadas por un consenso honesto, sirvan a la paz, al desarrollo y a la afirmación de la democracia.
Si ello fuera así deberíamos admitir que nos enfrentamos a un problema grave, pues él no estaría enraizado simplemente en decisiones circunstanciales, sino en un antiguo, lento, inadvertido, pero poderoso proceso de patología social. ¿Cómo se restaura un lenguaje público cuando las palabras que lo sostienen —comunidad, compromiso, progreso, respeto, solidaridad— se hallan desprestigiadas, groseramente adjetivadas y descartadas por imprácticas y no rentables? ¿Cómo se restituye el sentido de los puentes que nos unen a los demás y el de los límites que acotan nuestros derechos y pretensiones para así inhibirnos de pasar por encima de los otros?
Es arduo responder a estas preguntas. Pero sí es claro que, ante este problema, habría que retornar a una cuestión esencial: el pensar y reconocernos como parte de un proyecto colectivo, siendo conscientes de que nuestra vida social no puede ser fruto de un único parecer persuadido del carácter absoluto de su mirada, sino más bien que ella es el resultado de múltiples encuentros entre nosotros y los demás. Se trataría así de abrir nuestra conciencia a otras personas y a otras opiniones de modo que todos pongamos a la obra una cultura del entendimiento mutuo, lejana de todo dogmatismo.
¿Cuáles serían los pilares para esa, llamémosle, “refundación” de nuestro pacto social? Quizás el primer paso se halle en el reconocimiento de nuestra diversidad y en la exploración honesta y crítica de las cosas que nos distancian. Me refiero a las diferencias culturales que alberga el territorio de nuestro país, así como a las hondas brechas sociales y económicas que separan a los peruanos. El reconocimiento positivo y comprensivo de esas diferencias y la progresiva eliminación de esos abismos debiera conducirnos a la instauración del lugar compartido que tanta falta nos hace: el de la ciudadanía efectiva para todos los habitantes del Perú, la más grande tarea histórica que tiene por delante nuestro país, responsabilidad cuyo descuido o incumplimiento por más tiempo significará, es duro decirlo, simple y llanamente nuestro fracaso como nación.
Huelga señalar que esa ciudadanía no ha de ser sólo un espacio de equidad —igualdad de derechos, deberes y oportunidades— sino también un fenómeno de reconocimiento respetuoso de los otros que permita la solución pacífica y honrada de nuestros conflictos, el acercamiento de nuestras miradas y el descubrimiento de nuestras afinidades más profundas. Se trata, en suma, de ir en pos de una experiencia en la que, en medio de nuestras diferencias, nos revelemos como los compañeros y prójimos que somos.





















