Saramago en la tierra

Hace 10 años que murió en Lanzarote, su tierra adoptiva, José Saramago, nacido en 1922 en Azinhaga, Portugal, de una familia humilde que le enseñó a amar la tierra y los árboles. Con Pilar del Río, su esposa, vivió desde 1993 en la isla de César Manrique, que había muerto un año antes. Fue un apasionado defensor del artista que hizo de Lanzarote una obra de arte, y luchó con los responsables de su fundación para que los depredadores del suelo no la convirtieran en un aeropuerto de entrada y salida de viajeros. Al tiempo, allí siguió escribiendo libros, entre ellos Ensayo sobre la ceguera, que en el presente periodo de pandemia ha sido uno de las obras más solicitadas en España y en el mundo. En esa ficción -publicada, como toda su obra, por Alfaguara- él había imaginado una historia que se parece a este drama que se vive en este año del décimo aniversario de su falta. Él murió en Lanzarote tal día como hoy (17 de junio) en 2010, y su despedida en Lisboa y en su tierra natal fue una manifestación general de duelo a un hombre comprometido que rindió ejemplo de fe en el género humano y de defensa de los desposeídos de la tierra.

Sus novelas le dieron el premio Nobel, que ganó en 1998, y fue celebrado en su país y en España como el éxito de alguien que había hecho de esas dos pertenencias, Azinhaga y Lanzarote, los territorios simbólicos de su lucha por la vida a través del compromiso con la literatura. América Latina, de arriba a abajo de su inmensa geografía, fue otro espacio principal de su peripecia viajera. Para el autor de Viaje a Portugal el género humano era el destinatario de su obra, cuya raíz poética daba noticia de las ansiedades del hombre contemporáneo, acosado, como en La caverna, por el consumo desbocado a que obliga el capitalismo, o como en ese Ensayo sobre la ceguera que ahora se convierte en metáfora de la incertidumbre y el dolor del mundo. La Academia Sueca lo premió porque volvió “comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación y la ironía”. Aunque ese es un retrato académico y sueco, explica muy bien rasgos, como la ironía, que no sólo influyeron en su escritura sino en su propio semblante, en su conversación y en su aparente timidez. Sus Cuadernos de Lanzarote, que rellenó de afectos y de su filosofía estoica, como de marinero que ve la tierra muy a lo lejos, mientras se acerca, son un tratado de su modo de vivir. Tranquilo, sosegado, como un monje sin otro credo que el ser humano. Esos Cuadernos son también una crónica de su vida con Pilar del Río, que ha continuado, antes y después de su muerte, a través de la Fundación Saramago que opera en Lisboa y de la Casa de Saramago que sigue abierta en Tías, Lanzarote, la trayectoria que el escritor quiso para sus obras y también para su modo de concebir la existencia.

Saramago comenzó a publicar muy tarde en la vida, en 1947. Tuvo muchos oficios previamente, y también fue periodista. Una colección sumaria de sus obras refleja sus distintas pasiones, convertidas casi todas ellas en metáfora que tienen que ver con su país y con la península ibérica. Estos son algunos de esos títulos: La balsa de piedra, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, Levantado del suelo, El Evangelio según Jesucristo, Las intermitencias de la muerte o los cuentos de Casi un objeto. Por El Evangelio según Jesucristo tuvo un diferendo grave con el gobierno de su país, de carácter conservador, que impidió que la obra se presentara a un importante premio europeo. Comentando ese suceso, que él recibió con mucho disgusto, dijo un día en Lanzarote mirando hacia el monumento a Unamuno, que se ve en la isla de enfrente, Fuerteventura: “Me quitarán lo que quieran, pero nunca me quitarán el aire de Lanzarote”.

Fue un hombre comprometido con todas las causas sociales progresistas, en Portugal, en España y en cualquiera de los lugares del mundo de los que procedían noticias de la injusticia. El texto que reproduce EL PAÍS hoy, en el décimo aniversario de su muerte, es una muestra de esa pasión suya por la justicia, en contra de los desmanes que intentan convertir al hombre en una víctima del odio. Es una invocación para que los escritores no olviden que deben su pluma no sólo a la imaginación o a la metáfora, sino al testimonio, por ejemplo, contra el racismo que, desgraciadamente, sigue tan vivo ahora como cuando él nació, cuando empezó a escribir o cuando le dieron el Nobel en Estocolmo.

Fuente: El País                                                                                                      GYM

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