Que la tecnología no desfigure la esencia profunda del hombre

En primer lugar, Francisco define como no «plausible» distinguir entre «procesos naturales y procesos artificiales», donde los primeros son los únicos «auténticamente humanos» mientras que los segundos son «ajenos o incluso contrarios a lo humano».

Lo que hay que hacer, más bien, es inscribir el conocimiento científico y tecnológico en un horizonte de sentido más amplio, conjurando así la hegemonía tecnocrática.

Esta deriva -es decir, la pretensión, dice, de «reproducir al ser humano con los medios y la lógica de la técnica»- se puede notar hasta en el relato bíblico y antiquísimo de la Torre de Babel. El Papa se aleja del tópico habitual y apresurado de que se trató de un «castigo destructivo». Por el contrario, explica, la intervención de Dios en aquella circunstancia fue una «bendición propositiva».

En efecto, esto manifiesta un intento de corregir la deriva hacia un «pensamiento único» a través de la multiplicidad de lenguas. Los seres humanos se enfrentan así al límite y a la vulnerabilidad y son llamados a respetar la alteridad y el cuidado recíproco.

El Papa señala dos vías para proceder en esta «tarea cultural». La primera, se basa en el «intercambio transdisciplinar», un «taller cultural» constituido por «un intercambio recíproco» que reelabore los conocimientos y supere, “la yuxtaposición de los saberes» mediante «la escucha mutua y la reflexión crítica», indica. La segunda modalidad es evidente, reconoce Francisco, en el «proceder sinodal» de la Pontificia Academia.

Se trata de un estilo de investigación exigente, porque implica atención y libertad de espíritu, apertura a aventurarse por caminos inexplorados y desconocidos, liberándose de todo indietrismo estéril».

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