Miércoles 26 de agosto del 2026. Vigésimo primera Semana del Tiempo Ordinario
Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars
Primera lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18
Salmo 127, 1bc-2. 4-5 R/. Dichosos los que temen al Señor.
Mateo 23, 27-32: ¡Ay de ustedes!
«Vivir conforme al Evangelio recibido»
Lo que se nos ha anunciado, el Reino de Dios su justicia, es lo que motiva la conversión y el ponerse en camino de conversión. Para ofrecer un horizonte diferente al que ofrece el mundo, hay que estar bien fundamentados en la roca, que es Cristo, para que, cumpliendo el mandato del Señor, evangelicemos el mundo, porque no se trata de escapar de él, como en un ¡sálvese quien pueda!, dejando a los otros atrás, porque ese no es el ejemplo que nos ha dejado el Señor.
Hay que enseñar esté género de vida. Pablo habla de la tradición que ha transmitido. Ha enseñado con el testimonio de su vida cómo es el seguimiento del Señor. Y esta comunión con él ha de traspasar toda la existencia, cambiándola, no de cualquier modo, sino imitando a Dios como hijos queridos. La Iglesia tiene claro que se condena el pecado no al pecador, porque El siempre nos ha amado primero, siendo injustos y pecadores. Y como León XIV acaba de decir en centro penitenciario Brians 1: “Todo ser humano es “digno” por el mero hecho de “haber sido querido, creado y amado por Dios” (cf. Magnifica humanitas, 52). No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada. Es una verdad consoladora que nos acompaña en todo momento y que nos recuerda cómo su amor misericordioso está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho”.
«Dichosos los que temen al Señor»
No se trata de miedo, sino de amor. El que ama procura evitar todo aquello que hiere al otro y en el caso de Dios, teme ofenderle. El amor es que procura evitar todo aquello que menoscaba la comunión en el amor. Es la máxima expresión de la permanencia en Dios. Sintonía de pensamiento y de sentimiento, que van más allá de lo que soñamos nosotros. Dios siempre va y ve más allá.
«¡Ay de vosotros…!»
Estas exclamaciones de Jesús nos deben alertar, pues son una llamada a revisar posiciones y disposiciones. Alerta sobre la apariencia, una tentación tan humana y que zancadillea a los bautizados de manera especial. Por fuera buena apariencia ¿y el interior qué? Nos llama el Señor a revisar las actitudes y ser misericordiosos. La dureza de corazón; la insensibilidad espiritual y social; la indiferencia piadosa… ¿qué abunda en el corazón? Pues de allí se desborda y empapa la existencia y nuestro mundo de relaciones.
Tenemos mucho que considerar en la intimidad de cada uno. Pienso que los discursos y homilías de León XIV en su reciente visita a España nos pueden ayudar a todos en todas las latitudes.
F/Dominicos.org

