Homilía Santísima Trinidad

Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)

 Lectura 1: Dt 4,32-34.39-40

Salmo: Sal 32

Lectura 2: Rom 8,14-17

Evangelio: Mt 28, 16-20

La Trinidad Misericordiosa. Escultura en terracota. Sor Caritas Müller, OP (Suiza)

Dios habla, dialoga, conversa. Dialoga con el pueblo dispuesto a escucharle con reverencia, no con miedo. Dios incluso busca romper la sordera del pueblo. Y éste le clama y grita ante la angustia de la vida y la dureza de los poderosos que intentan robar la esperanza de los pequeños. Hoy celebramos y adoramos a Dios, Santísima Trinidad, Dios uno, no solitario: Dios Tri-Uno, Dios-Comunidad en compenetración circulante de ternura.

En la Lectura primera aparece Moisés, el gran líder liberador del pueblo hebreo de las manos -y garras- opresivas de Egipto, conocido debido a su altísima civilización. Moisés habla al pueblo exhortándole a que indague sobre Dios, que medite los designios de Dios en medio de su pueblo. Moisés insta al pueblo a la confianza, no siempre fácil, de que el Señor es el único Dios, presente “arriba y abajo”; es el Dios vivo que nos habla en múltiples lenguajes.

Dios se hace presente a través de la bondad de la salvación en medio de las crisis históricas del pueblo. Dios único, no hay otro Dios remarca Moisés. Pide al pueblo que conserve la palabra de Dios, que conduce a la felicidad y a la expansión de ésta a través de la descendencia juntamente con la promesa de una tierra. Son las promesas de la descendencia juntamente con la tenencia de un terreno, en la que se diluye la maldad del acaparamiento de tierras en detrimento de aquellos que buscan un lugarcito estable.

La segunda Lectura profundiza en quiénes son hijos de Dios: aquellos que dan cabida a la libertad inspirada por el Espíritu de Dios. Y que no es inspiración hacia la esclavitud ni la servidumbre sino servicio y libertad, que no es miedo sino de reverencia, que no es silencio encubridor sino alabanza de adoración.

Y si somos hijos de Dios, somos también herederos. Vaya, qué promesa tan bella la que aspiramos como cristianos. Y la herencia, hermanas/os, es el propio Dios!, co-heredando con el mismo Jesucristo, en medio del sufrimiento, en medio de la glorificación.

El Evangelio de hoy, que es el final del Evangelio según Mateo, nos recuerda que los once discípulos fueron a un monte en Galilea, siguiendo las indicaciones de Jesús. Y cuando ven al Maestro, unos se postran, otros vacilaban. Pero a todos Jesús se acerca y les habla. Les expresará palabras de misión a todos como unidad, como naciente comunidad de discípulos apreciados y escogidos por él mismo.

 “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”, les señala Jesús. Y que de ahora en adelante la vivencia espiritual es ir de misión y hacer discípulos. La fe cristiana no es una simplicidad de creencias, ni ritos alejados del afecto hacia el otro, ni de prácticas raras o vacías de compromiso con los demás, ni son estériles sentimentalismos o evitar ver el sufrimiento ajeno.

La fe cristiana llega, o más bien trata de llegar, a todos los pueblos, con la presencia de misioneros, percibiendo éstos que Dios nos precede y nos espera siempre. Dios-Trinidad que amándose nos ama y nos regenera en su amor, y origina que nosotros seamos misioneros. Que podamos, hermanos, asumir la vitalidad del amor en este tiempo de pandemia y de elecciones, e insistir en el “amor social” que nos interpela el Papa Francisco.

Recordemos agradecidos que Jesús está con nosotros, como compañía e inspiración, hasta el fin del mundo. Así señaló Jesús a sus primeros discípulos, y ahora a nosotros que celebramos a Dios amor/amado/amante, a Dios Tri-unidad, Padre Hijo y Espíritu Santo incursionándose mutuamente en amor, para que también incursionemos en la vida de la misión que es el mundo entero.

 Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín Arequipa

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