Homilía Corpus Christi

Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)

Lectura 1: Ex 24,3-8

Salmo: Sal 115

Lectura 2: Hb 9,11-15

Evangelio: Mc 14,12-16.22-26

“Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles…Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor”. Palabras del Salmo 115 tan actuales hoy, fecha de la Celebración del Cuerpo y Sangre de Cristo, en la que también seguimos apenados por la muerte de tantos hermanos nuestros.

En esta lectura del Éxodo, Moisés construye un altar a Dios, y manda realizar unos sacrificios llamados sacrificios de comunión. Después de unos ritos, lee el documento de la alianza y el pueblo reafirma el compromiso de obediencia a Yahvé. Entonces Moisés rocía sangre al pueblo, señalando que es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con el pueblo. Moisés el liberador es también el predicador del pueblo.

La alianza de Dios con su pueblo ha sido ratificada con Jesucristo, supremo sacerdote, dice la Lectura segunda. Ya no hay más sangre de animales, sino la sangre de Jesús, que es la vida misma de Jesús ofrecida a todos, para que participemos de la bendición al Dios vivo. Alabanza que damos en la propia existencia de cada uno, un culto que se da en la participación creyente de la Eucaristía… culto, que al fin y al cabo, se realiza en la vida misma.

Jesucristo es el mediador de una alianza nueva en la que nos involucramos con alegría al decirle sí al amor a Dios incluso en medio del sufrimiento, pues somos convocados para luego recibir la promesa de la herencia definitiva. Recibimos el Cuerpo sacramentado de Jesús y celebramos que nos vamos conformando como Cuerpo de Cristo es decir como Iglesia en sus múltiples dones.

El Evangelio nos recuerda que los discípulos le preguntan a Jesús por la preparación de la cena de Pascua. Era el primer día de los panes sin levadura, fecha del sacrificio del cordero pascual. Jesús da unas indicaciones. Los discípulos desean preparar la fiesta, pero ya estaría algo preparada pues hay una sala dispuesta para dicha celebración: tal vez nos esté diciendo que Dios se anticipa a nuestras propuestas, y que nos toca corresponder a esa iniciativa.

Los discípulos preparan la Pascua. Pero quien pone la nota celebrativa, “la cereza del pastel” -como se dice de manera común-, es Jesús, quien hará un gesto muy sublime en medio de la comida, porque los alimentos compartidos para el pensamiento bíblico son una certera señal de amistad, un signo cálido de intimidad cordial.

Mientras comían, Jesús pronuncia la bendición con el pan en sus manos, lo parte y lo da diciendo que es su cuerpo, es decir, su presencia entre nosotros. Después ofrece la acción de gracias con el cáliz, y todos bebieron. Y les dice que es su sangre, perteneciente a la alianza de Dios con su pueblo. La sangre que es vida según los criterios de la Biblia, y que esa vida es derramada o donada en exceso.

También Jesús les dice que no volverá a beber del fruto de la vid hasta cuando beba el vino nuevo en el reino de Dios. Jesús permanecerá en una cierta espera, la de beber un nuevo vino. Y luego de entonar unos cánticos de Pascua, todos se dirigirán al monte de los Olivos.

Celebramos en esta Solemnidad la entrega desbordante de Jesús. Que vivamos como el pan y el cáliz del Evangelio de hoy: bendecidos y agradecidos. Que otros puedan decir de nosotros: “de ti bebí palabras y gestos de paz”. Recordemos que la máxima expresión de la violencia es la existencia de un orden social injusto, es decir, injusticias que tienen arraigo en el corazón, que se expresan en la historia, y que se perpetúan a través de conductas e instituciones creadas por los seres humanos.

Hermanas/os: acojamos a Jesús, alimento de vida abundante, no tanto porque seamos dignos de ir hacia él, sino más bien porque Jesús es digno y viene hacia nosotros como pan de vida y vino de alegría.

Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín Arequipa 06.06.2021

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