Domingo 29 de agosto de 2021. 22º Ordinario
Martirio de Juan Bautista (s. I)
Rosa Eluvathingal (1952)
Dt 4, 1-2.6-8: Guarden los mandamientos
Salmo 14: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?
Sant 1, 17-18.21b-22.27: Practiquen la palabra
Mc 7, 1-8.14-15.21-23: Este pueblo me honra con los labios
El Evangelio presenta a Jesús en un desencuentro con los escribas y fariseos y nos propone algunas orientaciones sobre la verdadera pureza. Lo hace porque se ha hecho más fácil lavarse las manos que purificar el corazón, mantener los ritos inventados por los hombres y sus culturas que cambiar por dentro. La carta de Santiago que leeremos estos próximos domingos nos ofrece llevar una práctica religiosa, personal y social, íntimamente ligadas. En este texto, nos invita a cuidarnos de la “contaminación” o la “impureza” que no surge de ritos o tradiciones sino de olvidar el mensaje de la verdad”. Vivir el Evangelio conlleva un compromiso social que debe ser constante, perseverante, para no dejarnos seducir por las riquezas, el poder o los placeres mundanos.
Cierto es que todo grupo se basa en sus tradiciones y costumbres, sin embargo, estas pueden o deben cambiar con el tiempo. Recordemos que la batalla entre el bien y el mal se juega en el centro de nuestra persona. Por esta razón el libro del Deuteronomio nos ofrece una exhortación que recuerda la alianza del Pueblo con su Señor y le previene contra la idolatría. La ley de Yahveh es ley de vida y, por eso, se previene al pueblo de cuidar que las prácticas sanas no caigan en desuso o, peor aún, sean contaminadas con prácticas paganas. La comodidad y los intereses particulares pueden llevarnos a perder el rumbo de la verdadera práctica religiosa, inventando nuestros propios ritos para justificar nuestros comportamientos y es lo que Jesús critica duramente. La fidelidad a la alianza, “escuchar los mandatos y preceptos”, nos obtendrá la vid; la infidelidad a ellos, en cambio, nos traerá la muerte. Yahveh exige fidelidad interior y práctica de la justicia por encima de cualquier culto, rito o tradición. En este sentido, llama la atención, el elenco de vicios que son mencionados ya que todos atentan contra la fraternidad. Es decir, la impureza no tiene por causa el incumplimiento de ciertas normas rituales sino el olvido de la fraternidad.
La superficialidad con la que nos acercamos a Dios refleja la poca importancia que les damos a las personas; y la superficialidad que tenemos en el compromiso con nuestros hermanos refleja la poca seriedad con la que nos acercamos a Dios. Alguien es impuro ante Dios porque daña a sus hermanos. A menudo participamos de la Eucaristía dominical y elevamos nuestra oración con los labios, pero nuestro corazón está lejano de Dios, de Cristo y de los hermanos. Solo cuando seamos “limpios de corazón” podremos ver a Dios. ¿Qué podemos hacer a nivel personal y comunitario para evitar el ritualismo que nos conduce al uso de Dios y al olvido de nuestros hermanos?
F/ Editorial Claretiana

