Martes 11 de enero 2022 de la 1ª semana de Tiempo Ordinario.

Samuel 1, 9-20: El Señor se acordó de Ana, y dio a luz a Samuel.

Salmo 1: Mi corazón se regocija en el Señor, mi salvador.

Marcos 1, 21-28: Les enseñaba con autoridad.

Comienza la vida pública de Jesús y el texto del evangelio de Marcos lo sitúa en la sinagoga de Cafarnaúm, la población más grande a orillas del lago de Galilea. Se inicia esa progresiva revelación de Jesús como Mesías, su actividad se centrará en enseñar, curar todo tipo de enfermedades, echar demonios e ir llamando y reuniendo a quienes serán sus discípulos.

Dos cosas, especialmente, llaman la atención y presagian esa novedad que supone Jesús de Nazaret:

“Enseñaba con autoridad”. En el bautismo de Jesús se oyó la voz desde los cielos:” Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” Mc1,9. En estas palabras del Padre se fundamenta toda la autoridad de Jesús, es el Hijo amado. Jesús no es un profeta más, ni un maestro de la ley, ni un curandero…, lo que le define y configura es ser el Hijo amado del Padre. Su autoridad es diferente porque viene dada por el amor.

“Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen”. Ese amor, saber que su esencia es ser amado por Dios, es el que le da autoridad para liberarnos incluso ahí donde el sufrimiento y la mayor miseria afecta al ser humano. Jesús va donde hay dolor, porque Dios está oculto en el dolor y el sufrimiento del mundo. Saber que es amado le permite ir al mundo y tocar a las personas, sanarlas, hablar con ellas y hacerlas conscientes de ser amadas, bendecidas, elegidas. Él es “el Santo de Dios”, lo reconocen aquellos espíritus inmundos y le obedecen por ello.

Todos vivimos, en algún momento de la vida y por tantos motivos diferentes, un sufrimiento profundo que parece oscurecerlo todo, despojarlo de sentido y alegría. Muchas personas también padecen psíquica y psicológicamente enfermedades muy duras. El Señor se acerca hoy a cada uno para decirle a ese sufrimiento: “Cállate y sal de él”. En lo más radical de la soledad, en lo más profundo de cada situación, hay Alguien, que siempre está ahí. Nos encontramos con el Dios que nos toca y transforma, con el Dios que nos ama insospechadamente, con el Dios que se vuelve nuestra esperanza real.

 Y para todos es una llamada a la compasión, la que requiere coraje para estar con los más frágiles, los que viven sumergidos en sus oscuridades, asumir su debilidad y nuestra impotencia. Y luchar para que la esperanza sí se vaya haciendo efectiva con todo aquello que pueda proporcionarse social, política y sanitariamente a quienes sufren.

F/ Dominicos.org

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