Sábado 12 de agosto 2023. Decimoctava semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura del libro del Deuteronomio 6, 4-13
Salmo de hoy 17 R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza
Mateo 17, 14-20: Por qué no pudimos nosotros?
El relato de Mateo denuncia por todas partes falta de esa fe: en primer lugar falta de fe de la gente en la misión y condición intermediadora – salvadora de la Iglesia, presencia de Dios para el mundo, mundo que sigue buscando y sufriendo (“acudí a tus discípulos pero no pudieron”).
Pero lo que es más grave: Mateo denuncia la causa de esa falta de fe de la gente en esa intermediación (“¿por qué no pudimos?”): la causa radical de la incredulidad, de la duda, de la incertidumbre, de la falta de confianza de que efectivamente la Iglesia signifique presencia de Dios y respuesta a la búsqueda del hombre es justamente la incredulidad, la duda, la incertidumbre y al fin, la falta de confianza originaria de la misma Iglesia, desde sus mismos orígenes.
No en vano, debemos notar como Mateo sitúa estratégicamente este relato entre, a saber, los dos primeros anuncios de pasión, la transfiguración y la confesión mesiánica de Pedro, previa esta ultima a esta sección literaria que nos ocupa. Esto es, las grandes dudas que han aquejado a la Iglesia desde sus comienzos: la decepción por la muerte de Jesús, con la negación a asumir su fracaso; la resurrección y exaltación de Jesús, que tantas y tantas controversias en torno a la identidad de Jesús habría de suscitar; al fin, la mítica confesión de Pedro, que legitimaria la misión de la Iglesia, pero que habla más bien de los grandes conflictos y polémicas internos dentro de la Iglesia desde sus orígenes, tanto en torno a la cuestión de la autoridad interna, como del contenido de la creencias en torno a quién es Jesús y cuál es la identidad, lugar y misión de la comunidad. La Iglesia se mueve en el terreno de la incertidumbre en su teoría y en el de la incoherencia en su praxis.
Es aquí donde adquiere sentido el contexto del relato como una exhortización, la cual ha de ponerse en relación con el diálogo Pedro-Jesús del primer anuncio de pasión, en el que Pedro es rechazado como “Satanás” por Jesús. Pedro (los discípulos en general, la Iglesia), pues, no puede expulsar al demonio de nadie porque el mismo está aquejado de la misma enfermedad y ha de ser él mismo previamente sanado del mal que le aqueja.
Una Iglesia que no cree o cree malamente, ¿estará acaso en disposición de prestar su fe a otros? Y si la fe, según Pablo, es la condición de la salvación, ¿puede en verdad esperarse salvación de una Iglesia aquejada de problemas de fe en su doctrina y, particularmente, en su praxis, tal y como denuncia Mateo?
 
F/ Dominicos.org

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