Martes 17 de marzo 2026 – Cuarta semana de Cuaresma
Lectura de la profecía de Ezequiel 47, 1-9. 12
Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9 R/. El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob
Lectura del santo evangelio según san Juan 5, 1-16
Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Reflexión
La profecía de Ezequiel nos anticipa el milagro de Jesús del Evangelio. El Profeta consuela a los desterrados de Babilonia que se enteran del asalto y la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor de Babilonia. El Templo había sido destruido, pero esto no es el fin. Hay una Promesa de parte de Dios que simboliza esa agua que fluye del Templo Vivo y Eterno donde siempre está Él, un agua que da vida, que recrea el Paraíso, agua “viva” como la que Jesús promete a la Samaritana.
El profeta nos introduce en la esperanza de un Dios que Vive más allá de los templos de piedra y preludia la promesa cierta de ese Templo al que se adora a Dios en Espíritu y Verdad, el Templo del Corazón humano donde Él siempre nos espera.

