Lunes 17 de Febrero de 2020. A. 6ª Semana T.O.

Fundadores de los Servitas (1310)

 Sant 1,1-11: Sean perfectos e íntegros. Salmo 118: Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor. Mc 8,11-13: ¿Por qué esta generación reclama un signo?

Mc 8,11-13: Los fariseos, grupo religioso muy influyente, se creían muy superiores a los demás. No reconocen lo que hace Jesús en nombre de Dios. Su cercanía y su amor por los pobres, los enfermos, los desharrapados de este mundo, a quienes ellos excluyen, como hoy lo hace nuestra sociedad. Están tan ciegos, no veían a ese Dios con nosotros, tan cercano y tan humano, que reintegra a la comunidad, a quienes ellos despreciaban. Quieren un signo espectacular, porque no ven los signos de la salvación de Dios, en los ciegos, cojos, enfermos que Jesús sana e integra, liberándonos del mal, para descubrir con libertad y amor al Dios misericordioso. El signo de Dios ha llegado en la persona de Jesús, signo de amor que se dará en la cruz como una entrega total de nuestra libertad.

El mayor signo del amor a Dios y al hermano, está en servir con amor y respeto a los enfermos, enseñarlas la Palabra de Dios, devolverles la salud física, espiritual, moral, sicológica. ¡Cuántas laicas, os, religiosas, os, como Juana, 34 años, atendiendo a los ancianos y enfermos desvalidos!  ¡Cuánta misericordia y compasión, sienten los promotores cristianos de Justicia y paz, defiendo la ecología, el derecho, una mejor calidad de vida, como signo de la defensa y promoción de los derechos de la persona humana! Muchas veces tenemos la tentación como los fariseos es preocuparnos por las reglas y costumbres, antes que ver en los signos y gestos de amor y de cercanía, de solidaridad y de fe con la persona que más lo necesita.

Jesús es el gran signo del amor misericordioso y compasivo de un Dios cercano, viene a defender el derecho y la justicia del pobre, frente a los signos de la muerte y de la opresión. Jesús ha venido para mostrarnos el amor y la realización de todo ser humano, como hijo de Dios. En el signo del amor supremo, de su muerte y resurrección, Jesús nos enseña a amar y proclamar la verdad, como testimonio de una nueva vida cristiana con madurez y responsabilidad, de crear corazones y mentes nuevas, que miremos con la misma mirada de Jesús.

El mayor signo que Jesús nos pide es fe, conversión y difundir que Él vive cuando amas a tu hermano.

Fr. Héctor Herrera o.p.

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