Lunes 13 de Abril DE 20202. A. Octava de Pascua.

Martín I, papa y mártir (655)

Hch 2,14.22-23: Dios resucitó a Jesús. Salmo 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Mt 28,8-15: Vayan a Galilea; allí me verán.

Hch 2m14,22-23: Pedro da testimonio que Jesús vive. Durante estos cincuenta días, viviremos la Pascua, la alegría del Señor Jesús, el viviente, glorificado y resucitado. Él sigue actuando en su Iglesia, movida por el Espíritu Santo. De esta experiencia da testimonio Pedro con los apóstoles: Lo mataron. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte (Hch 2,24)

La primera comunidad cristiana, como nosotros, proclamamos: Jesús está vivo. Él es el Señor de la vida y de la historia. Somos testigos de la vida, si promovemos y defendemos la vida de todo ser humano en los cristos vivos de hoy, nuestros niños, as, jóvenes, ancianos, enfermos, migrantes y desvalidos. Si servimos a los pobres, preferidos de Jesús con alegría, compasión, amor y respeto.

Mt28, 8-15. Jesús sale a nuestro encuentro, como salió al encuentro de las mujeres, para decirnos: “Alégrense” (Mt 28,9). Comuniquen esta experiencia de la alegría de la vida a mis hermanos. No teman, vayan a Galilea, donde me verán (v. 10).

Allí comenzó su misión en la Galilea de los pobres. Es desde la experiencia de los pobres, donde parte el mensaje de la vida con alegría y entusiasmo. Es interesante que las primeras testigos del Señor resucitado, sean las mujeres. ¿No son acaso las mujeres que en los barrios marginales mantienen viva la fe en la organización de las comunidades cristianas, en la orientación a la familia, papás, niños, adolescentes y jóvenes?

Ante el hecho del triunfo de la vida sobre la muerte, el poder compra con dinero para detener la alegría de la vida. Los cristianos estamos llamados a comunicar lo bueno y lo bello que es la vida. Seamos esa Iglesia en salida, como nos recuerda Francisco, que sale al encuentro del otro.

Descubramos la alegría de evangelizar, de anunciar la vida: “Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: El Dios que manifestó su amor en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos” (E.G. 11).

Fr. Héctor Herrera, o.p

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