Homilía V Domingo de Pascua

Lectura 1: Hch 9,26-31

Salmo: Sal 21

Lectura 2: 1Jn 3,18-24

Evangelio: Jn 15,1-8

 “Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia…”, escribe Jorge Luis Borges en un poema dedicado al vino. Recordemos que la viña -las plantaciones de vides- tiene presencia en el Antiguo Testamento y que el vino es una bebida apreciada porque alivia heridas físicas, sirve como líquido elemental -en aquellos tiempos no había agua potable-, atenúa el temor, y motiva el corazón hacia el regocijo personal y comunitario. Hoy el Evangelio según san Juan hace referencias al mundo de las plantas de la uva y lo relaciona con Jesús, con Dios Padre, y con los discípulos de Jesús.

Uno de los primeros y grandes discípulos de Jesús fue San Pablo. La Lectura primera nos describe cierto temor de los discípulos hacia el recién convertido Pablo, pero el gran misionero Bernabé, interviene a su favor. Pablo predicaba públicamente el nombre de Jesús en Jerusalén, igualmente discutía con algunos judíos de lengua griega buscando la conversión hacia Jesús.

Finalmente los hermanos cristianos envían a Pablo a otra ciudad, Tarso, pues la misión se abre camino a través de la palabra de los discípulos. Y de manera sencilla esta Lectura de Hechos de los Apóstoles señala que la Iglesia gozaba de paz, que iba constituyéndose o formándose, y que crecía animada por el Espíritu Santo. Hay un vino nuevo y es el ofrecido por Pablo y los demás predicadores: el vino abundante de la palabra salvífica de Jesús.

 La Lectura segunda señala el contenido supremo de ese vino ofrecido desde Jesús. Nos exhorta a amar de verdad. Pero ¿qué es amar?, esta interrogante siempre me acompaña. Les ofrezco un “traguito”, es decir unos pensamientos, inconclusos, sobre esto, incluso el amor social como nos sugiere el papa Francisco: ofrecerse en donación a Dios y a los demás…crear capacidades interiores para captar la benevolencia en el mundo…la búsqueda de mejoramiento de los demás especialmente de los humillados de nuestra historia…en soñar en que podemos (podemos!) vislumbrar un mundo donde todos podemos disfrutar condiciones más humanas de vida.

Dios es mayor que nuestra conciencia, y si ésta no nos condena es porque tenemos plena confianza en el Dios de la amistad. Que el mandamiento divino es la confianza en Jesucristo, y que juntamente a esto nos amemos mutuamente. Que crezcamos en el amor, en su calidad, no cerrándonos en nuestro grupito de interés, sino en apertura hacia los demás. Y que involucra además guardar los mandamientos como códigos abiertos a repensarlos en nuestras propias condiciones actuales de vida.

En el Evangelio de hoy Jesús manifiesta a sus discípulos que él es la verdadera vid, y que su Padre es el cultivador. Que los discípulos y misioneros de Jesús somos los sarmientos, los zarcillos, las ramitas, de la vid. Si los zarcillos reciben la misma savia (el jugo nutritivo de las plantas) que el resto de la planta, esto entonces indica que estamos en afinidad con Dios, y que para dar más y mejor fruto hemos de pasar por la poda, o sea por el corte de la planta y esto, bien sabemos, conlleva algo de dificultad.

Jesús señala que los discípulos están limpios por las palabras que él nos ha dirigido. Su palabra tiene efecto curativo… y nuestras palabras y gestos ¿tienen ese efecto curativo, o creamos ondas tóxicas? Pero así como la ramita no puede dar fruto separada de la vid, así también nosotros, seguidores de Jesús, nos distanciaremos de frutos benéficos para los demás si no permanecemos en el amor de Jesús. Permaneciendo en Jesús y él en nosotros, daremos harta fruta, y de la buena; pero si esto no ocurre entonces estamos convirtiéndonos en gente seca, sin vino en el corazón, sin un buen aporte para nuestro pueblo que necesita tanto a Dios…y el buen actuar de los cristianos/as.

Jesús insiste en que permanezcamos en él. Oremos para que sus palabras y gestos vayan embelesando nuestro interior, y que lo expresemos en nuestra vida personal y social. No desliguemos nuestra vida de la vida de la Iglesia, ni la del pueblo fundamentalmente del que carece del vino de la justicia y misericordia. Practiquemos lo que Jesús en su buen y embriagante vino de acción salvífica promueve en nosotros: dar fruto bueno y copioso, y así estaremos en el camino de ser discípulos de Jesús y no simplemente “gente religiosa o de devoción momentánea o interesada”.

 “Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia…”, anotaba el gran escritor Borges en esa alabanza al vino. Que el Padre labre, siembre, cordialidad en nuestra historia y que ésta sea sanada; que Jesús, vid verdadera, nos injerte como ramitas al misterio de su palabra que nos abraza; y que el Espíritu Santo nos dé su vino para embriagarnos en el amor a Dios y hacernos cargo de nuestros hermanos/as que participan poco del vino de la ternura y de la justicia.

  Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín Arequipa 02.05.2021

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