El Papa nos recuerda que no estamos solos

“Lázaro es un querido amigo de Jesús, quien sabe que está a punto de morir; el Señor se pone en camino, pero llega a casa del amigo cuatro días después de que haya sido sepultado, cuando ya se ha perdido toda esperanza. Sin embargo, su presencia enciende un poco de confianza en el corazón de las hermanas, Marta y María. Ellas, en medio del dolor, se aferran a esa luz, a esta pequeña esperanza. Jesús las invita a tener fe, y pide que abran el sepulcro. Luego reza al Padre, y entonces grita a Lázaro: «¡Sal fuera!». Éste vuelve a vivir y sale” ha narrado el Papa, a la vez que nos envía un mensaje claro: “Jesús da la vida incluso cuando parece que ya no hay esperanza”.

El Papa explica que hay momentos en la vida de una persona en los que “uno se siente sin esperanza, amargado porque han experimentado cosas malas» ya sea por una pérdida dolorosa, de una enfermedad, de un cruel desengaño, de una injusticia o una traición sufrida, de un grave error cometido y siente «qwue ha dejado de esperar». También a veces oímos decir a alguien: “Ya no hay nada que hacer” y cierra la puerta a la esperanza. “Son momentos en los que la vida se asemeja a un sepulcro cerrado – dice el Papa – todo es oscuridad, en torno se ve solamente dolor y desesperación, pero el milagro de hoy nos dice que no es así, que el final no es este, que en esos momentos no estamos solos, es más, que precisamente en esos momentos Él se hace más cercano que nunca para darnos de nuevo la vida”.

«Cuántas veces en la vida nos hemos encontrado así, en este caso de no tener fuerzas para levantarnos» pregunta el Papa y asegura que Jesús nos dice: «¡Adelante, adelante! Yo estoy contigo». Por tanto, el Santo Padre nos pide hoy: «quita las vendas que te atan, no cedas al pesimismo que deprime, al temor que aísla, al desánimo por el recuerdo de malas experiencias, al miedo que paraliza. ¡Yo te quiero libre y vivo, no te abandono, estoy contigo! No te dejes aprisionar por el dolor, no dejes que muera la esperanza: ¡vuelve a vivir!”.

Por último, hace una advertencia a los confesores: «Queridos hermanos, no olvidéis que también vosotros sois pecadores y que estáis en el confesionario no para torturar: para perdonar, y para perdonarlo todo, como el Señor lo perdona todo».

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