La madurez sacerdotal pasa por “admitir la verdad de la propia debilidad”
El sacerdocio no crece remendándose, sino “desbordándose”. El Papa Francisco lo subraya en su homilía de la Santa Misa Crismal, celebrada en la Basílica Vaticana en este Jueves Santo. El Espíritu Santo abarca la completa reflexión del pontífice, que recuerda, ante todo, las palabras con las que Jesús comenzó la predicación: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18).
En el día en que nació el sacerdocio, el Papa habla de cuán hermoso es «reconocer que Él está en el origen de nuestro ministerio, de la vida y de la vitalidad de todo pastor”. De hecho sin el Espíritu, dador de vida, tampoco la Iglesia sería Esposa viva de Cristo, si no, a lo sumo, “una organización religiosa”. No sería “el Cuerpo de Cristo”, sino “un templo construido por manos humanas”:
¿Cómo, pues, puede edificarse la Iglesia, si no es a partir del hecho de que somos “templos del Espíritu Santo” que “habita en nosotros”? No podemos dejarlo de lado o aparcarlo en alguna zona de devoción. Necesitamos decirle cada día: “Ven porque sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre”.
Después señala que el camino para hacer el paso de maduración sacerdotal es “admitir la verdad de la propia debilidad”. Es a lo que exhorta, dice, “el Espíritu de la Verdad”, que impulsa a mirar hasta el fondo de cada uno para preguntarse:
¿Mi realización depende de lo bueno que soy, del cargo que obtengo, de los cumplidos que recibo, de la carrera que hago, de los superiores o colaboradores que tengo, de las comodidades que puedo garantizarme, o de la unción que perfuma mi vida?
La madurez sacerdotal – afirma luego el Papa – pasa por el Espíritu Santo, se realiza cuando Él se convierte en el protagonista de nuestra vida. “Entonces todo cambia de perspectiva, incluso las decepciones y las amarguras, también los pecados, porque ya no se trata de mejorar componiendo algo, sino de entregarnos, sin reservarnos nada, a Aquel que nos ha impregnado de su unción y quiere llegar hasta lo más profundo de nosotros”.
Hermanos, redescubramos entonces que la vida espiritual se vuelve libre y gozosa no cuando se guardan las formas y se hace un remiendo, sino cuando se deja la iniciativa al Espíritu y, abandonados a sus designios, nos disponemos a servir donde y como se nos pida. ¡Nuestro sacerdocio no crece remendando, sino desbordándose!
La gratitud, expresada más veces por el Papa, es lo que marca el final de la homilía: gratitud por el testimonio y el servicio escondido que hacen, por el perdón y el consuelo que dan en nombre de Dios; por su ministerio, que a menudo se realiza en medio de mucho esfuerzo y poco reconocimiento.
Que el Espíritu de Dios, que no defrauda a los que confían en Él, los llene de paz y lleve a término lo que ha comenzado en ustedes, para que sean profetas de su unción y apóstoles de armonía.

