“Lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: Efatá», que significa «¡Ábrete!». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. (Mc 7, 33-35)”
El Papa recordó que en la Biblia el mutismo y la sordera indican «cerrazón a las llamadas de Dios», que hay una sordera física, pero que «en la Biblia lo que es sordo a la Palabra de Dios es mudo, porque no habla la Palabra de Dios». La invitación del Maestro a abrirse se dirige a sus discípulos en arameo, pero la repite a los discípulos de todos los tiempos, y también a cada uno de nosotros «que hemos recibido la efatá del Espíritu en el Bautismo». Continúa el Papa:
«Ábrete», dice Jesús a cada creyente y a su Iglesia: ¡ábrete porque el mensaje del Evangelio tiene necesidad de ti para ser testimoniado y anunciado! Y esto nos hace pensar también en la actitud del cristiano: el cristiano debe estar abierto a la Palabra de Dios y al servicio de los demás. Los cristianos cerrados acaban mal, siempre, porque no son cristianos, son ideólogos, ideólogos de la cerrazón. El cristiano debe estar abierto: en el anuncio de la Palabra, en la acogida a los hermanos. Y por esto, esta «efatá», este «abrirse», a abrirse, es una invitación a todos nosotros.
«su deseo misionero: vayan más allá, vayan a pastorear, vayan a predicar el Evangelio». Y concluyó su reflexión invitando a todos a sentirse llamados a testimoniar y anunciar el Evangelio y a interrogarse sobre la propia disponibilidad para hacerlo.