Arequipa, una región que arde con frecuencia y un sistema de respuesta que llega después
El humo llegó antes que cualquier alerta oficial. Era la mañana del jueves 25 de junio de 2026 cuando los primeros conductores que bajaban por la carretera Arequipa-Puno frenaron sus vehículos y vieron lo que ya era imposible ignorar, una columna negra y espesa levantándose desde el sector Pampa de Arrieros, en Yura, tiñendo de gris el cielo azul de Arequipa. La causa fue tan simple como indignante, la quema de llantas al costado de la vía. Las llamas cruzaron la carretera, treparon cerros y alcanzaron la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca. Lo que empezó como un foco contenible terminó en cuatro días de emergencia, más de mil hectáreas devastadas y 40 especialistas del Ejército subiendo a pie por quebradas para alcanzar los focos donde la maquinaria no llegaba.
Lo de Yura no fue una sorpresa, fue el último capítulo de un calendario de fuego que Arequipa escribe con pasmosa regularidad. Apenas dos días antes, serenos de Yarabamba corrían por los cerros de Sogay intentando contener otro incendio con lo que tenían a mano, mientras el viento seco del altiplano empujaba las llamas hacia las primeras viviendas. En marzo, dos incendios en el distrito de Alca, provincia de La Unión. En enero, otro en Salamanca, Condesuyos. Y antes de todo eso, nueve incendios en solo seis horas durante la madrugada del 1 de enero, la mayoría encendidos por los fuegos pirotécnicos del Año Nuevo arequipeño, ese ritual de pólvora y cielo abierto que la ciudad repite cada diciembre sin calcular el costo.
El COER de Arequipa responde cuando el fuego llama, y lo hace bien, tanto reportes horarios, coordinación con INDECI y movilización rápida de brigadas. El problema es que siempre llega después. Después de las primeras 800 hectáreas. Después de que el viento altoandino ya hizo su trabajo. Los mensajes preventivos circulan en redes pero no cambian las prácticas de siempre. La prevención, en los hechos, sigue siendo un documento presentado en reuniones interinstitucionales y no una política que llegue al campo.
El recuerdo más fresco lo dejó septiembre de 2025, cuando un incendio en las faldas del Misti arrasó 48 hectáreas en Miraflores, Mariano Melgar y Chiguata, y el olor a chamuscado bajó con el viento hasta los barrios del cono sur mientras las llamas eran visibles desde la Plaza de Armas. Ese episodio, como el de Yura, como todos los anteriores, tiene el mismo denominador, vientos fuertes, vegetación reseca y prácticas humanas que nadie ha logrado cambiar. Mientras el COER siga siendo la primera y casi única respuesta ante cada nuevo foco, la pregunta flotará en el aire cargado de ceniza ¿cuándo Arequipa pondrá la misma urgencia en prevenir que en apagar?
Redacción Patty Mamani

