Viernes 4 de setiembre del 2026. Vigésimo segunda Semana del Tiempo Ordinario – Año Par
Primera lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5
Salmo 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40 R/. El Señor es quien salva a los justos.
Lucas 5, 33-39: A vino nuevo, odres nuevos
En aquel tiempo como hoy, podemos estar tentados de poner en tela de juicio el proceder de Jesús respecto a las tradiciones y costumbres antiguas. Anclados en el pasado, sin discernir aquello que dio respuesta a la comprensión de una práctica en su tiempo, el ayuno se presenta en el evangelio violentando la novedad que irrumpe con la venida del Mesías.
Jesús nos plantea esta convicción: “el añejo es mejor”. No se trata de despreciar algo por su antigüedad, como tampoco pensar que por ser antiguo responde a la fidelidad; más bien se trata de distinguir el sabor añejo, sabor antiguo siempre nuevo. Jesús está revelándose a los destinatarios de su mensaje, hoy nosotros, como “el vino añejo siempre mejor”. Este vino requiere para distinguirlo y conservarlo, el odre de una inteligencia y voluntad renovadas, un corazón siempre nuevo. Ejemplificando, ocurre de igual modo con la pieza vieja cosida a un manto nuevo.
Jesucristo fue, es y será el vino añejo que se saborea tras abandonar la mentalidad atada a leyes, esquemas y tradiciones, ahora iluminadas y superadas por su revelación plena como Hijo de Dios. La novedad que nos enseña el Evangelio ha roto la horma vieja de la ley antigua, trascendida y rejuvenecida por el vino del Reino. Jesús no libera del ayuno por ser antiguo, libera de la atadura a una prescripción que no sabe discernir el por qué y por quién se ha de cumplir.
En nuestro camino de identificación con la persona de Cristo, con sus sentimientos como hijos e hijas de Dios, nuestros odres han de mantenerse siempre en un esfuerzo constante de renovación. Mientras que el ayuno de los discípulos de Juan el Bautista fue espejo de una práctica que expresaba humillación, tristeza, arrepentimiento, ahora, Cristo con su vino nuevo, apunta y dispone a la celebración del perdón y la misericordia, a la fiesta de la promesa esperada y cumplida en su persona.
Hoy podemos replantearnos si nuestra adhesión a la persona de Jesús nos aferra a tradiciones y disposiciones humanas que nos convierten en “vinagre en sí y para los otros”, o nos decidimos por el vino añejo mejor. Repensemos si la novedad que aporta Cristo en nuestra vida y en nuestras comunidades destila vida y alegría, verdad y paz sobreabundantes.
F/Dominicos.org

