Martes 21 de Abril de 2020. A. 2ª Semana de Pascua
Anselmo (1109)
Hch 4,32-37: Tenían un solo corazón. Salmo 92: El Señor reina, vestido de majestad. Jn 3,7-15: Nadie ha subido al cielo.
Jn 3,5.7-15: Jesús continúa el diálogo con Nicodemo. Éste se siente desorientado. Se mantiene a la defensiva. Para él el único legislador es Moisés. Además, los fariseos habían mutilado el A.T., lo habían convertido en leyes y normas. Se habían cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Nicodemo se funda en lo aprendido. Jesús sabe que la vida del Espíritu nace desde el interior de la persona. Él mismo ha experimentado la vida del Espíritu.
Jesús le descubre a Nicodemo que las dos funciones que los fariseos atribuían a la Ley –ser fuente de vida y norma de conducta- serán sustituidas por la persona de Jesús.
Cuando el hijo del hombre sea elevado en alto nos indica el triunfo de la cruz. Jesús es signo de salvación y de libertad, porque vence los egoísmos y divisiones entre los seres humanos, para nacer de nuevo en el seno de la comunidad cristiana. Así lo entendieron los primeros testigos de la fe, que nos narra Hch 4,32-37 “La multitud de creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común” (v.32)
Lo que caracteriza la fe de una comunidad cristiana que vive con el Resucitado y con su experiencia de vida son: la unidad y solidaridad que nos abre a la compasión de ir creciendo y proyectándonos juntos. Donde no interesan los bienes materiales de acumulación de unos pocos, que sería contrario al Espíritu de Jesús, sino que los bienes de esta tierra están al servicio de todos. Esto es lo que han hecho los creyentes, su solidaridad frente a la pandemia global del coronavirus. Probados, pero no desalentados. Todos tenemos que trabajar para salir de esta situación y dar vida y esperanza.
Dar testimonio del Resucitado es defender la vida y el derecho a la tierra, usar bien los recursos naturales que den frutos en una mejor calidad de educación, salud, techo y vestido, de modo que todos tengan acceso al trabajo y a una mejor alimentación. La vivencia y el testimonio de la fe nacen de un cambio de corazón y de mentalidad que supera todo obstáculo egoísta para centrarnos en la misión de Jesús: liberar al ser humano de toda esclavitud personal y social para vivir en la libertad de aquél que entregó su vida para darnos una nueva vida.
¿Tenemos un solo corazón y una sola alma para unirnos y velar por el bien de los demás?
Fr. Héctor Herrera, o.p.

