Homilía Domingo de Resurrección
Lectura 1: Hch 10, 34a. 37-43
Salmo: Sal 117, 1-2.16-17.22-23
Lectura 2: Col 3,1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9
¡Jesús vive! ¡Jesús es el Viviente! La Luz de Dios no fue atrapada por el sepulcro ni apagada por complicidad religioso-política que se ensañó contra Jesús. Como expuso Simón Pedro (primera Lectura): Jesús, el ungido por Dios, que pasó haciendo el bien y curó a los oprimidos por fuerzas malévolas, vive ahora -por así decirlo- en la plenitud gozosa de Dios. Jesús vive, ¡es el Viviente!, y es desde ahora el juez de vivos y muertos, es decir, ejerce un juicio salvífico porque es nuestro Defensor, no es un acusador.
Este mensaje central nos es entregado por Pedro, María Magdalena, y por los demás apóstoles. Transmitido hasta nosotros y que nos incluye en la cadena de resurrección y de su anuncio. Y los discípulos han comido y bebido con Jesús, el Viviente, pues los Evangelios indican que el Resucitado pide comida y se alimenta delante y con sus discípulos, incluso les prepara el desayuno -pan y pescado- como refleja Jn 21,9-13. La comida y la bebida, en criterios evangélicos, muy sublimes por cierto, tienen un aspecto de resurrección para todos particularmente para quienes carecen de alimento y de agua.
El Salmo de hoy señala la acción benéfica de Dios en términos figurados. El brazo (más allá si es el derecho o izquierdo) de Dios está lleno de vigor en favor de su pueblo. Y no ha de morir la persona que ha dado vida en abundancia, y ha de vivir para narrar las iniciativas de Yahvé en beneficio de la salvación de su pueblo. ¡Jesús es el Viviente! que nos narra el “comportamiento” de Dios. ¡Jesús vive!, aunque trataron desechar o ignorar esa piedra, ahora es la piedra angular: Jesús es la piedra central para la fe.
Apuntamos, con San Pablo (segunda Lectura), que las cristianas/os hemos de buscar aquellas situaciones, cosas, contextos, etc., con otros criterios, criterios que tal vez no moran aún entre nosotros, no en sentido egoísta sino en sentido fraterno-sororal, de “amor social” como señala el Papa Francisco. Que nuestra vida humana, que anhela también humanizar al mundo, está con Jesús, el Viviente, escondida en Dios y manifestada al mundo no como imposición sino como propuesta con potencialidades salvíficas en el ancho mundo, mundo nuestro que nunca es ajeno a la ternura de Dios.
Que nuestro discernimiento cristiano -y su sabiduría consecuente- se incline a favor de la paz asentada en la justicia, a favor del perdón (quizá a largo plazo) en contra de la venganza, de la inclusión en vez del rechazo al otro, de acoger al pobre en vez de pisotearlo, de acoger mi propia interioridad en vez de perderme, de anhelar la autenticidad y alejarme de la hipocresía, de buscar la transparencia en vez de la opacidad, de abrazar el silencio contemplativo y no el silencio cómplice, de propiciar la salvación conjunta y abandonar egoísmos, de sentirme parte conexa vital con la Naturaleza… y más!
El Evangelio de hoy nos cuenta que María de Magdala, Simón Pedro y el discípulo amado corren. El énfasis recae en María, esa mujer de Magdala, tan cercana a Jesús, que va al sepulcro. Es la primera persona y va el primer día de la semana, cuando aún los rayos del sol están brotando. Al descubrir que el sepulcro está abierto, ella corre y comunica esto a Simón Pedro y al discípulo amado por Jesús. Ambos corren y llegando primero el discípulo amado, finalmente entra primero Simón Pedro y ve algo.
Pero el Evangelio señala claramente que es el otro discípulo, el llamado así “discípulo amado de Jesús”, quien al entrar al sepulcro ve y cree, es decir, ve y confía, confía a través de lo que está viendo: lienzos por un lado y el sudario (la tela que cubrió la cabeza de Jesús) enrollado por otro lado, pero Jesús está ausente.
Y en ese momento se produce el alumbramiento en las vidas de Pedro y del otro discípulo, pues llegan a vislumbrar, a intuir, lo que ya indicaba la Escritura santa: que Jesús había de resucitar de entre los muertos… la muerte no acabó con Jesús, más bien él la venció pasando por la misma muerte (y horrenda). ¡Jesús vive! ¡Jesús es el Viviente! Lo que también es salvífico para nosotros, pues cuando aparezca Jesús también apareceremos gloriosos, juntamente con él, el Viviente.
Fr. Marco Nureña, OP – Radio San Martín Arequipa

