Lunes 09 de setiembre 2024. Vigésimo tercera Semana del Tiempo Ordinario – Año Par
Primera lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 1-8
Salmo 5, 5-6a. 6b-7. 12 R/. Señor, guíame con tu justicia
Lucas 6, 6-11: Extiende tu mano
Señor, guíame con tu justicia
Eso suplicamos a Dios, con el salmista. Le pedimos a él que nos guíe con su justicia. Pues teniendo que ser imitadores de Dios como hijos queridos, la justicia de Dios ligada a su santidad, a su bondad, a su misericordia, se convierten en el núcleo del estilo de existencia y vida que brotan del encuentro con el Señor. Dios no aprueba los procedimientos que alejan de él, sino que invita a actuar como él. Dios detesta la maldad por omisión o comisión, pero quiere la salvación de todos y por todos y para todos envió a su Hijo al mundo, para que se salve por medio de él.
¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?
La enseñanza de Jesús no se limita a una exposición doctrinal, sino que incluye la acción salvadora, sanadora, de búsqueda de lo que está enfermo o perdido. Y tiene la costumbre de hacerlo en la sinagoga, en los días dedicados al Señor, el sábado. Nunca hay un día más apropiado para actuar que aquel singularmente dedicado a Dios.
Enseña con los ojos abiertos, mirando a la gente y atendiendo las situaciones que están a la vista. Nos dice San Lucas, que había entre los reunidos un hombre que tiene la mano derecha paralizada. Para quienes estaban allí, eso no tenía especial relieve y los escribas y los fariseos no andan pendientes de esas cosas, van a lo suyo. ¿Qué es lo suyo? Acechar a Jesús, tratar de sorprenderlo haciendo lo que “no se debe en sábado”. No están allí para aprender, para contractar y examinarse. Ellos están seguros de sí mismos y de su perfección.
Jesús coloca en el centro de la comunidad al hombre de la mano atrofiada y les pregunta ¿Qué se puede hacer en sábado, el bien o el mal, salvar una vida o destruirla? La pregunta está planteada, pero el remedio para esa persona no quiere que aguarde su posible contestación. Ha venido a salvar y salva. Y se dirige al hombre de la mano atrofiada, mirando a todos, y le dice: “Extiende tu mano”. La obediencia de la fe manifiesta la fuerza de la palabra. Hizo lo que Jesús le pidió y quedó su mano restablecida. La fe en Jesús es la que sana, salva y devuelve al buen camino.
Cuando no hay fe no hay posibilidad de experimentar la acción salvadora de Dios. Aquellos que, repetidamente son testigos de las obras buenas de Jesús, no se sienten interpelados y nos dice el evangelista: “Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús”. Jesús abre nuevos caminos, da plenitud a lo mandado, poniendo ante los ojos lo que encierra cada mandamiento y cuando eso es comprendido, la mente, el corazón y las entrañas se abren y la sensibilidad ante las situaciones que vive cada ser humano, reacciona para hacer lo que hizo Jesús. Nunca ha habido un día más apropiado para hacer el bien que el día que decimos ser del Señor.
¿Cómo respondo antes las situaciones erradas que se viven en nuestros días? ¿Cómo me interpela la palabra y las acciones de Jesús?

