Miércoles 2 de julio del 2025. Decimotercera semana del Tiempo Ordinario – Año Impar
Primera lectura del libro del Génesis 21,5.8-20
Salmo de hoy 33 R/. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó
Mateo 8,28-34: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios?
«Desde el sepulcro dos endemoniados salieron a su encuentro»
Este texto del Evangelio de San Mateo plantea no pocas dificultades para los exégetas, pero tendríamos que ver, sobre todo, el intenso poder que el mal tiene en el mundo, en sus estructuras de poder y también en el corazón humano. En torno a él todo es muerte y desolación.
Tendríamos que distinguir entre los endemoniados que van al encuentro de Jesús y a la población que le pide que se vaya. Los primeros discuten con él, le enfrentan desde sus postulados y en el fondo dudan de sus propias oscuridades. Jesús acepta el desafío, les mira con compasión y les cura. Los demás tienen miedo y prefieren seguir viviendo con sus oscuridades, a las que están acostumbrados.
Este pasaje responde a nuestra propia realidad. Jesús pasa todos los días por nuestras vidas y no le asustan nuestras oscuridades, nuestras mediocridades y ciertamente graves pecados. Al contrario. Los encara mirando de frente a nuestras conciencias, sin inquina, pero con insistencia.
Y nosotros, ¿qué hacemos frente a la mirada de Jesús? ¿La afrontamos, miramos para otro lado… o directamente le pedimos que nos deje en paz con ese mal que en el fondo también yo he construido con mi empeño u omisión?
«El hecho es que, si el mal no tiene sentido, la forma de enfrentarse a él y superarlo puede tenerlo. Hubo un tiempo en el que el sufrimiento podía entenderse como una «prueba» que había que superar, con vistas a una recompensa, en la tierra o en la eternidad. Pero Dios no tiene nada que ver con el sufrimiento. Dios solo puede «sufrir con el hombre que sufre» y abrir caminos de resistencia al mal. La forma de afrontar las catástrofes, la capacidad de luchar contra las enfermedades mediante la investigación, contra el hambre mediante la solidaridad, contra la soledad mediante el cuidado de los demás, forma parte de esta esperanza divina. Dios es un Dios de vida que quiere darnos su reino, y el mal no tiene la última palabra.»
F/ Dominicos.org

