No deberían trabajar

A comienzos de este año, en plena Plaza de Armas de Arequipa, entre turistas que buscan una foto y ambulantes que ofrecen golosinas o paseos, una escena pasó casi desapercibida una mañana de enero: cuatro niños, todos menores de 12 años, fueron rescatados por la Policía Nacional. Vendían dulces, encendedores y chicles bajo la vigilancia silenciosa de sus propios padres, quienes no mostraron vergüenza al momento de su detención. Este operativo, realizado por efectivos de la comisaría de Palacio Viejo, puso en evidencia una realidad que persiste con crudeza: el trabajo infantil sigue siendo parte del paisaje urbano, disfrazado de necesidad o resignación, y alimentado por una sociedad que ha aprendido a mirar hacia otro lado.

Cada mes, según reportes de la titular de la Subgerencia de Promoción Social y Participación Vecinal de la Municipalidad Provincial de Arequipa, Alexandra Prado, se encuentran al menos 14 menores de edad trabajando en las calles del Cercado de Arequipa. El número puede parecer bajo, pero es solo la punta visible de un problema más profundo, especialmente cuando se considera que muchos de estos menores no solo venden productos, sino también acompañan a sus padres en jornadas prolongadas, cargan bultos, limpian parabrisas o piden dinero en los semáforos. Detrás de cada rostro pequeño hay una historia de abandono institucional, precariedad económica y ausencia de respuestas eficaces.

El Gobierno Regional de Arequipa ha intentado dar algunas señales de acción. A través de su Gerencia Regional de Trabajo y Promoción del Empleo, realizó a comienzos de junio una jornada de sensibilización con más de 120 familias de zonas vulnerables, recordándoles que el trabajo infantil está prohibido por ley. La campaña incluyó charlas, afiches y una feria informativa, pero su alcance fue limitado. Como suele pasar con este tipo de iniciativas, el esfuerzo se diluyó entre la falta de continuidad y la ausencia de una política integral que combine educación, salud y empleo digno para los padres. Mientras tanto, las calles siguen recibiendo a menores empujados por la urgencia económica, y los operativos policiales continúan funcionando como parches, no como soluciones.

El panorama es más grave de lo que muchos imaginan. De acuerdo con cifras oficiales del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, dos de cada diez menores en Arequipa están en riesgo de caer en el trabajo infantil. Esto representa un porcentaje alarmante que sitúa a la región entre las más vulnerables del país. Las causas son múltiples: pobreza estructural, falta de acceso a servicios básicos, deserción escolar y, sobre todo, la naturalización de una práctica que expone a los niños a accidentes, explotación y abandono educativo. Mientras las cifras crecen, la indiferencia también lo hace, alimentando un ciclo de exclusión del que pocos logran escapar.

La última semana de junio, dos nuevos casos de trabajo infantil fueron detectados en pleno Centro Histórico de Arequipa. Se trató del caso de un niño de apenas 5 años y el otro de 17. Ambos fueron intervenidos por personal de la Subgerencia de Promoción Social y Participación Vecinal, de la comuna provincial y derivados a servicios de protección. Lo más preocupante, según la propia municipalidad, es que estos no son casos aislados, sino una muestra constante de una realidad que se repite cada semana en el Cercado.

El trabajo infantil en Arequipa persiste a pesar de las campañas y los patrullajes sociales. La informalidad y la precariedad en que viven cientos de familias obligan a que muchos niños asuman responsabilidades económicas antes de tiempo. Funcionarios de la municipalidad aseguran que cada mes se detectan entre 12 y 14 menores en esta situación solo en el Cercado. La persistencia del problema refleja no solo fallas estructurales, sino una desconexión entre las acciones institucionales y la realidad del día a día en las calles arequipeñas.

Mientras el discurso institucional habla de intervenciones, campañas de sensibilización y alianzas estratégicas, la realidad en las calles de Arequipa refleja algo distinto. Niños trabajando en las calles, exponiéndose a múltiples riesgos. Sus voces, en su mayoría, no están registradas en informes técnicos ni estadísticas actualizadas. Son la cara más cruda de un sistema que les ha fallado y que, pese a esfuerzos dispersos, aún no consigue articular una respuesta firme y sostenida que erradique esta forma de violencia normalizada.

El trabajo infantil no es un problema exclusivo de las familias que lo permiten o lo encubren, es un síntoma de una estructura social que no protege. Mientras las autoridades no asuman con verdadera urgencia y coordinación esta problemática, más allá de campañas aisladas o reacciones tardías, los niños seguirán creciendo en las calles, con los pies descalzos y los sueños en pausa. Y nosotros, como sociedad, seguiremos fracasando en lo esencial: cuidar lo más valioso que tenemos.

Redacción David Mendez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *