Lunes 16 de marzo 2026 – Cuarta semana de Cuaresma

Primera lectura del libro de Isaías 65, 17-21
Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:

«Un profeta no es estimado en su propia patria».

Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo:

«Si no veis signos y prodigios, no creéis».

El funcionario insiste:

«Señor, baja antes de que se muera mi niño».

Jesús le contesta:

«Anda, tu hijo vive».

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:

«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».

El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

 

Reflexión

El evangelio de hoy nos da la clave de qué es la Cuaresma: no es un tiempo de “penitencias”, de acumular prácticas difíciles o dolorosas, que “compensen” o “paguen” nuestros desmanes en el resto del año.

Por el contrario, el proceso cuaresmal en mucho más rico, profundo y optimista. Se trata de “celebrar”, es decir, “recordar” (volver a pasar por el corazón) la muerte de Jesús, consecuencia de su vida, sus opciones y su mensaje sobre el Reino de Dios; su resurrección en que posee ya, incluso en su ser hombre, la Vida plena de Hijo de Dios que puede transmitir a todos por el Espíritu Santo, dado en Pentecostés. Y todo ello, como muestra y garantía del amor infinito, sabio y eficaz del Padre por nosotros.

“Celebrar” indica, también, hacer nuestra esa salvación, aceptándola por la fe y el seguimiento de Jesús en la comunidad de la Iglesia. Una Iglesia misionera y samaritana: en salida compasiva a todos. Eso es nuestro bautismo que genera un estilo nuevo de vida para todo el año y no solo la cuaresma.

La espiritualidad cuaresmal, por tanto, es incorporarse vitalmente a la persona y proyecto de Jesús, y, entonces sí, ser capaces de rechazar todo lo que se opone a ello y entrenarse en todo lo que lleva a este fin. Esto, a veces, exige sacrificios dolorosos, pero se trata de una educación en la fe, la esperanza y el amor.

En esta perspectiva, la primera lectura nos muestra a un Dios que se goza, se alegra, se regocija del bien y la felicidad de sus hijos. Un Dios que perdona el pasado, hace florecer el presente y garantiza los frutos del futuro.

F/ Dominicos.org

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