El arte en cuero como un legado vivo

En el bullicio del Fundo El Fierro, un lugar que late con el ritmo de la artesanía de Arequipa, hay un pequeño rincón donde el tiempo parece detenerse. El Stand Nº 8 no tiene nada de ostentoso, pero su aroma a cuero curtido y el sonido de las herramientas de metal trabajando sobre la piel son suficientes para trasladarte a otra época, a otro lugar. Ahí, entre herramientas y piezas de cuero, se encuentra José Antonio Prado Macera, un hombre cuya vida y arte están profundamente entrelazados con la tradición del tallado y repujado en cuero.

José Antonio llegó a Arequipa hace más de 50 años, cuando decidió mudarse desde su natal Cusco para enseñar curoplastía en el colegio Salesiano Don Bosco. Fue una oportunidad que, aunque inesperada, marcó el inicio de una nueva etapa. “Traer a mi familia aquí fue un desafío, pero también una bendición”, recuerda, mirando al horizonte como si la ciudad que lo acogió pudiera hablarle. “Mis hijos eran pequeños, y mi esposa, Ana María, siempre estuvo a mi lado, apoyándome en cada paso que daba.”

Sin embargo, cuando terminó su contrato como docente, José Antonio decidió quedarse en Arequipa y dedicarse por completo a su verdadera pasión: el cuero. Un oficio que había aprendido desde niño, observando a los artesanos que trabajaban con destreza en su pueblo en Cusco. Mientras otros niños jugaban, él se obsesionaba con los detalles del cuero, con cómo cada pieza podía transformarse en algo único. “Era mi fascinación”, dice con una mezcla de orgullo y nostalgia.

El arte del tallado y el repujado en cuero, que parecía tan natural para él, comenzó a convertirse en una forma de vida. Pero también, con los años, José Antonio se dio cuenta de que esta tradición estaba en peligro. “Ya casi no hay talladores de cuero”, lamenta, con un tono grave. “Somos pocos los que mantenemos viva esta tradición, y por eso es un deber para mí conservarla. No solo es mi trabajo, es un homenaje a mis raíces.” Es por eso que, a pesar de que sus hijos eligieron otros caminos, él no ha dejado de transmitirles el arte que lleva en las venas. Su hija, administradora, y su hijo, corredor de inmuebles, pueden no dedicarse de lleno a la artesanía, pero José Antonio asegura que el arte fluye en ellos de manera natural. «Hacen arte por naturaleza», afirma con una sonrisa.

No todo ha sido sencillo en el camino de José Antonio. En los últimos años, un duro golpe llegó a su vida: una trombosis cerebral que casi lo aparta de todo lo que amaba. Pero, para él, la recuperación no vino de un tratamiento médico, sino de lo que mejor sabe hacer: trabajar el cuero. “El cuero fue mi terapia. El trabajar con él me distrajo del dolor y me devolvió la fuerza”, explica. “Es por eso que cada vez que estoy frente a una pieza, siento una gratitud inmensa. El cuero me dio una nueva oportunidad.”

Hoy, a sus años, José Antonio sigue creando piezas que se venden en su puesto del Fundo El Fierro y en otras ferias en ciudades como Cusco, Ica y Piura. Cada pieza, desde carteras hasta portafolios, tiene algo especial: son objetos que cuentan historias. “Muchos compran mis productos para regalarlos en fechas especiales, como Navidad o el aniversario de Arequipa. Son regalos únicos que no se encuentran en cualquier lugar”, explica mientras muestra una cartera con intrincados detalles, que parecen cobrar vida bajo sus dedos.

José Antonio no tiene dudas de que su vida está en equilibrio. “Soy feliz, soy libre y gano bien. ¿Qué más quiero en la vida?”, responde cuando le pregunto sobre su día a día en Arequipa. Su mirada serena refleja una paz que solo puede venir de la aceptación plena de lo que es y lo que hace. Para él, la clave está en poder crear, en no detenerse jamás. “Mi mente siempre está creando. No puedo quedarme quieto. El cuero me exige, me desafía, y eso me mantiene vivo”, dice con una energía contagiante.

Es esta misma energía la que lo ha llevado a seguir adelante a pesar de los obstáculos. Mientras muchos se rindieron ante las dificultades, él ha seguido trabajando, creando, transmitiendo. Cada pieza que sale de su taller es un reflejo de su resiliencia, de un hombre que nunca dejó que la vida lo detuviera. Y aunque la tradición que él mantiene viva sea cada vez más rara, lo cierto es que José Antonio Prado Macera no solo conserva un oficio, sino que lo renueva y lo reimagina a cada golpe de martillo, a cada tallado con precisión.

En ese pequeño puesto del Fundo El Fierro, entre las sombras del cuero y el brillo de las herramientas, José Antonio sigue siendo el guardián de una tradición que, como él, nunca dejará de latir.

A pesar de su avanzada edad, José Antonio combate la barrera de la virtualidad. Puesto que su presencia en redes sociales para lucir su trabajo no es ajena a los espectadores. Se puede ubicar en Facebook como: Artesanías Pras – Cuero. O a su número, 973 552 780.

Redacción Julio Mamani

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