Sábado 2 de mayo del 2026. Cuarta Semana de Pascua
San Atanasio
Primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 44-52
Salmo 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4 R/. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios
Juan 14, 7-14: ¿No me conoces, Felipe?
“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?”
El evangelista Juan, con la profundidad teológica de su lenguaje y sus contrastes, nos introduce en el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos. Reunidos en torno a la mesa, en un ambiente de fraternidad y cercanía, Jesús va abordando los temas centrales de su proyecto del Reino.
Aparece aquí su testamento vital: el mandamiento nuevo del amor, la promesa del Espíritu Santo y el tema central del “Abba”. La enseñanza se eleva hacia el misterio de la Trinidad: Jesús como Camino, Verdad y Vida; el Espíritu Santo como comunión de amor; y el Padre, que ama tanto al mundo que envía a su Hijo.
Sin embargo, uno de los discípulos no logra comprender esta profundidad. Entonces, con sencillez, dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Es posible imaginar a Jesús preguntándose si, después de tanto tiempo conviviendo con ellos, han llegado realmente a identificarse con Él. Porque estar con Jesús no siempre significa haber asimilado su mensaje. Aún discutían quién sería el más importante en el Reino o quién ocuparía los primeros puestos.
Por eso, la petición de Felipe —»enséñanos al Padre»— da pie a Jesús para ayudarle a comprender. Le invita a mirar, a recordar, a percibir por sí mismo, con los sentidos y la inteligencia, lo que ha sucedido ante sus ojos.
Felipe, recuerda: la mujer adúltera a la que Jesús dice “no te condeno”. El leproso que suplica: “si quieres, límpiame”, y Jesús responde: “quiero, queda limpio”. La viuda de Naím, que llora la muerte de su hijo, y cómo la compasión de Dios se lo devuelve.
Recuerda también cómo Jesús se sienta a la mesa con pecadores y publicanos, considerados impuros por quienes se creían superiores por cumplir la ley. Cómo devuelve la vista al ciego, hace andar a cojos y levanta a los paralíticos.
Felipe, ¿no te das cuenta? El amor de Dios ha tocado la tierra a través del Hijo.
Los signos, las acciones y las palabras de Jesús son sanadoras, liberadoras y dan plenitud al ser humano, porque muestran el rostro concreto de Dios Padre, un Dios compasivo que hace salir el sol sobre buenos y malos.
Y cuando percibimos la gracia de su amor, nos volvemos capaces de comprender a qué estamos llamados en la escuela de Jesús: a hacer sus mismas obras.
Porque, como dice el refrán, “acciones son amores y no buenas razones”.
F/ Dominicos.org

