Lunes 9 de diciembre de 2019. A. 2da. Semana Adviento.
San Juan Diego de América (1548). Pedro Fourier, fundador (1640)
Is 35,1-10: Saltarán de alegría el desierto y la tierra entera. Sal 84: Nuestro dios viene y nos salvará. Lc 5, 17-26: Tus pecados te quedan perdonados. Levántate y camina.
Isaías 35,1-10 nos habla de un tiempo de alegría y de esperanza. Los desiertos florecerán, brotarán las aguas en el desierto, las manos débiles recibirán vigor y las rodillas vacilantes se afirmarán.
Todos esperamos un tiempo nuevo, cuando pongamos en práctica las conclusiones del Sínodo Panamazónico y hagamos una conversión ecológica, para hacer realidad ya, medidas que detengan el calentamiento del planeta tierra, porque la vida humana está en peligro. Esta es la sanación y la salvación, porque «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos» (sal. 7). Curará a los ciegos y a los sordos, a los mudos y a los cojos. Y a todos les enseñará el camino de la verdadera felicidad.
Lc 5, 17-26. Esta sanación y felicidad se ha cumplido plenamente en Jesús, Él es el médico que nos sana de todas nuestras enfermedades, parálisis de miedos, complejos, que nos atan y no nos permiten avanzar y crecer en nuestra fe en Jesús. Él es la luz, el agua que fecunda la tierra árida de nuestro corazón. Nos da el valor para no acobardarnos de acogerlo en nuestra vida y de anunciarlo.
Jesús con mucho amor, al ver la fe, la seguridad de aquella gente que descuelga al paralítico. Lo mira con cariño, le perdona ante la murmuración y el escándalo de los que dicen “quien puede perdonar, sino solo Dios” (v. 21)
“Levántate, carga tu camilla y vuelve a tu casa” (Lc 5,24). Con la misma fuerza hoy, Jesús nos dice: Levántate, mira adelante tú eres una hija, un hijo de Dios. Camina y construye nuevos caminos de reconciliación contigo mismo, con tus hermanos, con Dios. Sé libre en tu interior para que puedas ayudar y solidarizarte con tus hermanos. Porque como comunidad podemos ver las maravillas de Dios.
Hoy recordamos a San Juan Diego de América. Es en un excluido, en un insignificante en quien la madre de Dios, escogerá para ser el mensajero de la evangelización de México. Era un sábado de 1531, se le aparece en el cerro del Tepeyac María, quien le habla con ternura y cariño, como una madre habla a sus queridos hijos, as: «Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo». María de Guadalupe ha entrado con fuerza en el camino de conocer y amar a su hijo Jesús.
¿Sabemos descubrir en Cristo la sanación y la salvación de Dios?
Fr. Héctor Herrera, o.p

