DOMINGO 31 T.O. CICLO A. D. 01.11.2020. MT 5, 1-12ª

ESTÉN ALEGRES, SU RECOMPENSA SERÁ GRANDE
 
Las bienaventuranzas de Jesús no reflejan construcciones abstractas o filosóficas, sino más bien realidades concretas y específicas que la comunidad está padeciendo. La comunidad de Jesús es: pobre, afligida, desposeída, hambrienta, sedienta, perseguida e injuriada. Debemos dejar claro que Jesús no está alabando o bendiciendo estos males estructurales que tienen a la comunidad al borde de la muerte. Las bendiciones de Jesús son para las personas que, a pesar de vivir y experimentar toda clase de injusticias y privaciones, resisten y creen en la propuesta de liberación de Jesús.
 
Dichas bendiciones no son premios que gozará la comunidad “en el más allá”, sino realidades que la comunidad puede alcanzar en “el más acá”. ¿Cómo confirmamos esta idea? Jesús comienza afirmándoles a las personas que deciden ser pobres, “que el reino les pertenece” y al final, vuelve a reafirmar este mismo concepto, que todas las personas que son perseguidas por su causa, “el reino de los cielos les pertenece”. En tiempos de Jesús, la comunidad creía que Dios en cualquier momento se haría presente y comenzaría a reinar con su nuevo pueblo. Jesús, al bendecir a las personas que no se han asimilado al poder, ni a las riquezas, sino que han sabido resistir, les anuncia que la espera ha llegado a su fin. Jesús con su propuesta de vida, anuncia que el Reino de los cielos irrumpe “aquí” y “ahora”.
 
La situación de marginación y de explotación que vivía la comunidad de Mateo no es diferente a nuestra situación actual. Han cambiado los escenarios y los personajes, pero los signos de muerte, marginación y explotación siguen reinando por doquier. Millones de personas viven en la pobreza extrema y algunas en vez de denunciar las causas que la producen, “consuelan” a los fieles con falsas promesas del “reino eterno”. Tenemos a toda una comunidad no solo afligida sino deprimida por tantas deudas que la agobian, por desgracia esas personas deprimidas ni siquiera tienen el consuelo de escuchar la “alegría del Evangelio”.
 
La tierra sigue siendo exclusiva para unas cuantas personas, que la explotan y la contaminan, sin entender que la tierra le pertenece a Dios. La mayoría de las personas de la comunidad sigue teniendo hambre y sed porque son privados de los recursos naturales. Muchos hermanos y hermanas, que denuncian proféticamente la injusticia, no solo son injuriados, sino asesinados por defender los valores evangélicos. A todas estas personas que han sacrificados sus vidas, tenemos que recordarlos como hijos e hijas de Dios.
 
F/Editorial Claretiana

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