Homilía VII Domingo de Pascua

Año litúrgico 2020-2021 (Ciclo B)

Lectura 1: Hch 1,1-11

Salmo: Sal 46

Lectura 2: Ef 1,17-23

Evangelio: Mc 16,15-20

Somos partícipes del mensaje salvífico del Dios apasionado por su creación. En la primera Lectura, es decir, el inicio del Libro de Hechos de los Apóstoles, Lucas hace referencia casi con certeza total a su primer escrito, el Evangelio según Lucas, en donde aparece lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día de la ascensión. Indica que Jesús se apareció a sus discípulos durante cuarenta días, tiempo que no es tanto cronológico sino que más bien pertenece a los símbolos del Primer Testamento. Y Jesús les predica acerca del reino de Dios, y no tanto de Dios mismo.

Y en algún momento después de la resurrección de Jesús cuando éste y sus discípulos participaban de una comida común, el Maestro les indicó, entre otras cosas, que ellos recibirán la fuerza del Espíritu Santo y que serán sus testigos “hasta los confines del mundo”. Dicho esto fue elevado al cielo, hasta que los discípulos lo perdieron de vista debido a una nube, que es un indicador celestial más que un elemento atmosférico. Y dos enigmáticos seres humanos vestidos de blanco dicen a los discípulos que Jesús retornará.

En la segunda Lectura, proveniente de Carta a los cristianos residentes en Éfeso, se pide que habite en los creyentes el espíritu de sabiduría y acogida para conocer a Dios, que se iluminen los ojos interiores para comprender cuál es la esperanza a la que somos convocados y la riqueza de gloria como herencia espiritual, y cuál es la extraordinaria grandeza del tierno poder divino en Cristo resucitado y ascendido. Y sella el mensaje añadiendo que Dios todo lo puso bajo los pies de Jesús, cabeza de todos los cristianos, es decir, que como Iglesia somos el cuerpo de Jesús.

El Evangelio de hoy señala que Jesús se apareció a los apóstoles dándoles la misión universal y que proclamen la Buena Noticia –Evangelio– a toda la creación. Aquel que crea en Jesús y sea bautizado participará de la salvación, en tanto que el que no crea será condenado. También expresa que a los creyentes les acompañarán unos determinados signos, que no podemos entenderlos en sentido literal. Recordemos unos hechos, curiosos y mortales: algunos líderes cristianos han tomado veneno y murieron, otros han agarrado serpientes y fueron hospitalizados debido a mordeduras. Lo que interesa es la posibilidad de la sanación, de participar del amor curativo de Dios hacia todos.

Termina el Evangelio de hoy con la narración muy sucinta del misterio de la ascensión de Jesús, y que está sentado a la derecha de Dios. Esto último tampoco hemos de entenderlo en sentido literal, sino de manera simbólica. Tanto en la Biblia como en muchas culturas, la “mano derecha” es considerada más digna o noble en detrimento de la “mano izquierda”, y lo que se indica para la mano se aplica también para el brazo o el lado izquierdos, incluso a nivel del lenguaje (“diestro” opuesto a “siniestro”, etc.).

El Evangelio revela la esencia de la vida cristiana, que los apóstoles fueron a predicar el Evangelio por todas partes, es decir, nuestra fe tiene consistencia histórica a través de la misión de los apóstoles. Nuestra fe cristiana se remonta a la predicación de aquellos discípulos de Jesús, y se prolonga a través de nuestra propia misión. Hemos de redescubrir el valor intrínseco de la misión como apertura hacia los demás siendo partícipes del mensaje salvífico de Dios en Jesús bajo la acción del Espíritu.

 Fr. Marco Nureña, OP

Radio San Martín. Arequipa

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