Martes 25 de mayo de 2021Tiempo Ordinario, Año Impar, Semana No. 8

Eclesiástico 35,1-15: El que guarda los mandamientos ofrece sacrificio de acción de gracias

Salmo 49: Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Marcos 10,28-31: Nosotros Lo Hemos Dejado Todo Y Te Hemos Seguido

Muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros

En el contexto del discurso sobre las riquezas y precediendo al tercer anuncio de la Pasión, San Marcos nos presenta una enseñanza bien significativa de lo que significa la fe y el seguimiento de Jesús. Dos palabras a mi modo de ver definen la actitud que debe tener un cristiano: la entrega incondicional a Cristo y el Evangelio y la humildad de corazón.

La entrega incondicional, la disponibilidad sin reservas es condición “sine qua non”. En otros muchos textos Jesús nos insiste en esta actitud. Cuando Él llama es porque antes te ha elegido desde siempre y espera, desde tu libertad, que le digas que sí. Pero, al mismo tiempo, es una vocación que te desarraiga de tus apegos y te llama a una fidelidad absoluta, pero también a una radical felicidad, a encontrar el sentido profundo de la vida.

Tan importante como esta disponibilidad, es la actitud humilde de quien ha sido llamado para el seguimiento de Jesús y, especialmente, la encomienda de un servicio a la comunidad de creyentes. La humildad es una gracia y, a la vez, un compromiso de amor. La primera Bienaventuranza que se refiere a los pobres de espíritu o pobres en el espíritu, nos indica con claridad que nada somos ni podemos sin el Señor y olvidar esto es, en el fondo, olvidarnos de quienes somos y de la responsabilidad que tenemos hacia los demás, nuestros hermanos, a los que debemos servir con caridad y diligencia.

“Cada uno, delante de sí mismo, sabe bien que, por más que se ponga a trabajar, queda siempre radicalmente incompleto y vulnerable. No existe un truco que cubra esta vulnerabilidad. Cada uno de nosotros es vulnerable, dentro. Debe ver en dónde. Pero, ¡Qué mal se vive si se rechazan los propios límites! Se vive mal. No se digiere el límite, está ahí. Las personas orgullosas no piden ayuda porque deben mostrarse autosuficientes. Y cuántos de ellos tienen necesidad de ayuda, pero el orgullo les impide recibir ayuda. Y cuán difícil es admitir un error y pedir perdón. Cuando yo doy un consejo a los nuevos esposos, que me dicen cómo llevar adelante y bien su matrimonio, yo les digo: “Existen tres palabras mágicas: permiso, gracias, perdón” [….] Porque el orgulloso no es capaz. No puede pedir perdón: siempre tiene razón. No es pobre de espíritu. En cambio, el Señor nunca se cansa de perdonar; somos nosotros, desafortunadamente, quienes nos cansamos de pedir perdón (cf. Ángelus 17 de marzo de 2013). El cansancio de pedir perdón: ¡esta es una fea enfermedad!”

F/ dominicos.org

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