Domingo 25 de julio de 2021. 17º Ordinario
Santiago el Mayor (s. I)
2Re 4, 42-44: Comerán y sobrará
Salmo 144: Abres tú las manos, Señor, y nos sacias Ef 4, 1-6: Sean humildes y amables
Jn 6, 1-15: Todos comieron hasta saciarse
El primer texto que leemos en la liturgia de hoy nos cuenta una historia paralela a la que aparece en el Evangelio. Se trata de repartir pan de cebada con la gente hambrienta. En la primera lectura, el encargado de repartirlos, así como Felipe en el Evangelio, hace notar que lo que tienen es poco para tanta gente. El texto da cuenta de como se realiza un milagro silencioso y callado, todos son saciados. Es la prueba de un Dios “Madre Providente” que sacia a los necesitados, sus hijos e hijas: “Tú nos sacias de favores”, como lo afirma el salmo sabiamente. Se trata pues de señalarnos que los milagros son signos, señales de que el Reino de Dios llega, ya está aquí y ha empezado por darle de comer a los hambrientos.
En la segunda lectura, Pablo pide que vivamos como lo que decimos que somos. Hace unas recomendaciones que a través de la historia humana sabemos que no hemos alcanzado a cumplir: no todos nos sentimos miembros de un mismo cuerpo, ni somos humildes, ni amables, ni comprensivos y, como consecuencia, no todos somos felices.
El Reino que Jesús anuncia nos ofrece plenitud y felicidad, vida en abundancia, hasta los detalles más concretos como la comida. Sin embargo vivimos en un mundo contradictorio. Un mundo de hambre y hartura. Mientras muchos viven en extrema pobreza a otros les sobra y lo desperdician. La propuesta de Jesús es el pan compartido, pan para todos y en abundancia. Si somos cristianos, se tendría que notar más en lo cotidiano.
La liturgia de la palabra es una llamada a evaluar nuestros estilos de vida, nuestra con – ciencia, a veces, insolidaria. Una llamada a ser, en medio de un mundo consumista y esclavo, testigos de la vida del Reino. Un reino que ya está despertando en tantas mujeres y hombres sencillos y creativos; no por tener muchas cosas materiales y riquezas, sino porque viven la fraternidad y el compartir; siembran juntos la tierra, trabajan “en juntas”, donde cada uno ofrece su tiempo por la cosecha del otro; son capaces de ofrecer la esperanza y la mesa compartida a todos por igual.
Jesús sabía que la solución del hambre del pueblo está en compartir. Hubo muchos más milagros en los que querían acaparar aprendieran a dar. La solución no está en comprar, en tener plata guardada para invertirla luego en ayuda; la solución no vendrá desde la sociedad de consumo. Se trata de organizarnos. De organizar la vida de otra manera. Una sociedad en la que a la gente le nazca compartir porque vive en comunidad plenamente cristiana y profundamente humanizada. En una comunidad que siente alegría cuando comparte con el que tiene menos, donde nadie pasa hambre, donde se descubre al Mesías que Dios envió para saciar toda hambre.
F/ Editorial Claretiana

