Viernes 05 de enero 2024. Segunda semana de Navidad

Primera lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,11-21

Sal 99 R/. Aclama al Señor, tierra entera

Juan 1,43-51: Ven y verás

La presencia de Dios entre nosotros se hace palpable y visible en la vivencia del amor fraterno. Juan lo repite insistentemente en esta primera carta: “Si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros”. No es fácil llevar a la vida cotidiana la vida de fe. Muchas veces se quedan ambas como en mundos paralelos que convergen en contadas ocasiones. Por eso el camino del amor es siempre el más sencillo y directo para abrir paso a Dios en nuestras vidas.

Es verdad que a Dios nunca lo hemos visto. Quizás lo hemos presentido alguna vez en momentos vitales o acontecimientos especiales. Pero lo que habla sin muchas palabras de un Dios vivo y real entre nosotros es el gesto amable, la sonrisa espontánea, la palabra de reconocimiento, la paciencia precisamente cuando esa última gota colma el vaso, el perdón sincero, la confianza del “una vez más”, el consuelo de un abrazo o la ternura de un hacerse presente. Cada gesto sencillo de amor es nuestra confesión de fe.

Esta última llamada a un discípulo para terminar el primer capítulo del Evangelio de Juan es un relato precioso de encuentro personal con Jesús. Me gusta ver en él cierto paralelismo con María en la Anunciación. Él no acierta a comprender cómo puede proceder el Mesías esperado de aquel pueblo galileo de Nazaret, pero se fía de la palabra de quien le invita. Va a ver de quién le habla Felipe, y “ve” al Hijo de Dios, al Rey de Israel.

Entre ese “ir a ver” y “ver” acontece un encuentro. Natanael significa “don de Dios” y Jesús elogia la autenticidad y la fidelidad de este hombre ante Dios, es “un israelita de verdad”. Aún da un paso más cerca y evoca un momento cotidiano “cuando estabas bajo la higuera”. La experiencia del encuentro con Jesús se hace real en el día a día. Ahí está Dios, esperándonos con cada amanecer, en el sosiego de la jornada que termina, en cada encuentro y cada trajinar.

Salgamos esta tarde a la calle a disfrutar de la alegría y la ilusión de las cabalgatas. Necesitamos recuperar la capacidad de sorpresa y admiración de los niños. Será entonces mucho más sencillo ver en este pequeño Niño al Hijo de Dios, dejarnos mirar por Él y sentirnos aún más suyos, más hijos, más hermanos. Dejémosle leer en nuestro corazón y descubriremos a Jesús susurrándonos bien adentro: eres un don de Dios y precioso a mis ojos.

F/ Dominicos.org

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *