Los sacerdotes deben ser «Apóstoles de simpatía y de verdad»

El Papa Francisco recibió en el Vaticano a una nutrida representación de ellos. No es un instituto de religiosos, sino de sacerdotes diocesanos que viven en distintos lugares en obediencia a su obispo, con consagración a través de los votos de pobreza, obediencia, castidad y apostolado, según el carisma del Instituto.

El Papa señaló que en las últimas décadas, estos sacerdotes han experimentado sobre el terreno, enriquecidos también por la confrontación con las hermanas y hermanos Misioneros de la Realeza de Cristo, una identidad que hace del servicio a los demás la expresión de la Realeza de Jesús. Así, les invitó a vivir la fidelidad a su vocación manteniendo a distancia dos tendencias «muy difundidas hoy, incluso entre los sacerdotes: la autorreferencialidad y la mundanidad». Francisco señaló que «ninguno de nosotros es completamente inmune a ella», sin embargo, subrayó que «debemos reconocerla y reaccionar con la gracia del Señor». Y añadió:

La secularidad es una dimensión de la Iglesia, llamada a servir y testimoniar el Reino de Dios en este mundo. Y la consagración viene a radicalizar esta dimensión, que claramente no es la única, sino que es complementaria a la escatológica. La Iglesia, todo bautizado, está en el mundo, es para el mundo, pero no es del mundo.

En Cristo son una sola cosa, y San Francisco da testimonio de ello. Me gusta una expresión de su oración al Sagrado Corazón de Jesús, donde dice: «Haz que Seamos solidarios y amigos de la gente, apóstoles de simpatía y de verdad, para que el Evangelio se convierta en el corazón del mundo». «Apóstoles de simpatía y de verdad». Hermosa expresión, que repiten cada día para confirmar su voto de apostolado, convencidos de que, unidos a Cristo en el Espíritu Santo, se es apóstol ante todo con la propia humanidad, con esas virtudes humanas que describe el Concilio Vaticano II: sinceridad, respeto de la justicia, fidelidad a la palabra dada, gentileza, discreción, firmeza de ánimo, ponderación, rectitud (cf. Decr. Optatam totius, 11).

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