Que el Jubileo ayude a todos a vivir la esperanza

El papa Francisco se detuvo en primer lugar en el mundo actual y subrayó que «la llamada a la autonomía de la persona, avanzada como una de las reivindicaciones del secularismo, no puede ser teorizada como independencia de Dios», porque es Dios quien, en cambio, «garantiza la libertad a la acción personal». A continuación, abordó el tema de la «nueva cultura digital» que está ofreciendo aportaciones «para el progreso de la humanidad», por ejemplo en el campo de la medicina y de la salvaguardia de la creación», pero que «trae consigo también una visión del hombre que parece problemática» en cuanto a «la necesidad de verdad que habita en cada persona, unida a la necesidad de libertad en las relaciones interpersonales y sociales».

La gran cuestión que se nos plantea es comprender cómo superar la ruptura que se ha producido en la transmisión de la fe. Para ello, urge recuperar una relación eficaz con las familias y los centros de formación. La fe en el Señor Resucitado, que es el corazón de la evangelización, para ser transmitida requiere una experiencia significativa vivida en la familia y en la comunidad cristiana como un encuentro con Jesucristo que cambia la vida. Sin este encuentro, real y existencial, siempre se estará sujeto a la tentación de hacer de la fe una teoría y no un testimonio de vida.

En cuanto al tema de la espiritualidad de la misericordia, también «contenido fundamental en la obra de evangelización», Francisco exhortó a cuidar la «pastoral de los santuarios», que debe «estar impregnada de misericordia, para que quienes acuden a esos lugares encuentren en ellos oasis de paz y serenidad».

La misericordia de Dios nunca falta y nosotros estamos llamados a testimoniarla y a hacerla, por así decirlo, circular por las venas del cuerpo de la Iglesia. Dios es misericordia: este mensaje perenne fue relanzado con fuerza y modalidades renovadas por san Juan Pablo II para la Iglesia y la humanidad al comienzo del tercer milenio.

El Papa recordó «que este año que precede al Jubileo está dedicado a la oración» y nos invita a rezar más y mejor, «en la escuela de María y de los santos y santas».

Necesitamos redescubrir la oración como experiencia de estar en presencia del Señor, de sentirnos comprendidos, acogidos y amados por Él. Como nos enseñó Jesús, no se trata de multiplicar nuestras palabras, sino de dar espacio al silencio para escuchar su Palabra y acogerla en nuestras vidas.

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