Un feminicida no se arrepiente

Era la tarde del miércoles cuando Henry Córdova esperaba la visita de su nueva pareja. Se verían a las 15:20 dentro del Penal de Satipo, donde él cumplía su condena.

Hacía 8 años que había recibido su sentencia, por el feminicidio de su primera pareja, ocurrido el año anterior, en el que, después de atacarla y estrangularla hasta morir, había llamado a la policía, confesando que “se le había pasado la mano”.

A pesar de ser catalogado como un feminicidio de extrema crueldad, y reconocido como un hombre impulsivo, posesivo, con rasgos disociales y peligrosidad media, su pena se había reducido de 25 años a 18 con 4 meses. Eso lo dejaba solo con 10 años más en prisión.

A esa misma prisión, llegó una mujer de 40 años. Y a pesar de que la vieron ingresar al pabellón de mínima seguridad, no fue sino hasta horas después, en que no salía, que se encontró su cuerpo sin vida sobre una cama del ambiente seis.

Como si fuera un deja vu, Henry confesó de nuevo, ahora ante el director del penal, que él la había estrangulado.

Ahora tenía una segunda muerte en su contador, otra vez había usado el mismo método que en la anterior. Al igual que la primera, lo admitió sin culpa.

Mientras el área en que sucedió el feminicidio se inmovilizaba, y se certificaba el fallecimiento, Córdova era aislado del resto de los prisioneros.

Su nulo arrepentimiento, sumado a las condiciones poco severas en que fue detenido, habían cobrado una vida más, la de otra mujer a la que, por segunda vez, consideraba su pareja.

Redacción Andrea Ramos

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