Miércoles 29 de abril del 2026. Cuarta Semana de Pascua

Santa Catalina de Siena

Primera lectura de la primera carta del apóstol san Juan 1, 5 — 2, 2

Salmo 102, 1b-2. 8-9. 13-14. 17-18a R/. Bendice, alma mía, al Señor

Mateo 11, 25-30: Te alabo, Padre, porque revelaste estas cosas a los sencillos

Jesús fue exquisitamente discreto sobre lo que acontecía en su oración. Sin embargo, de cuando en cuando, ora en voz alta, convirtiendo así su experiencia de Dios en educación de la fe de sus oyentes. Esta de hoy es una de esas ocasiones. Y les educa, y nos educa, en dos asuntos bien importantes: la revelación a los sencillos y el descanso necesario para vivir con dignidad.

El Dios de Jesús no se revela en los más elevados conceptos de los sabios de este mundo. Está más cerca de aquel “solo sé que no sé nada”, atribuido a Sócrates, que a la altivez de quienes se sentaban en la cátedra de Moisés.

En la práctica de su ministerio, Jesús se encontró con la resistencia de los escribas y fariseos a recibir su mensaje. Dos grupos que, a lo largo del tiempo, han representado a quienes erigen su saber, y en ocasiones su pretenciosa ignorancia, en el criterio supremo para establecer lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo procedente y lo inaceptable. ¡Hay tanta realidad que sobrepasa a la ciencia!

Pero también se encontró Jesús con personas sencillas que abrían su corazón a los destellos de verdad que les llegaban de la vida, de los otros y del mismo Dios.

Jesús alaba al Padre porque derrama su sabiduría justamente en esas personas sencillas, no pagadas de sí mismas, que saben y saborean la vida con actitudes humanas y evangélicas: “calma, mansedumbre, suavidad, humildad, sencillez, inocencia, candidez, benevolencia, disponibilidad…” (Papa Francisco).

Por otro lado, Jesús se ofrece como referencia de descanso. No es un descanso descomprometido (¿tentación de parte de la religiosidad actual?) que ignore los conflictos que vivimos como personas y sociedades, las ansiedades que agitan al desarrollo que se nos va quedando viejo, o las incertidumbres que acompañan a las grietas humanas de un saber que nos había prometido toda suerte de venturas.

Es un descanso que abraza esas heridas de nuestro tiempo, desde la mansedumbre y la humildad de corazón. Dos profundas actitudes que llevan a Jesús a compartir los agobios de sus contemporáneos. Que nos llevan a compartir hoy los agobios de nuestros contemporáneos.

El evangelio nos orienta en los meandros de la vida, nos ayuda a situarnos en las circunstancias de nuestro tiempo, nos impulsa a servir a quienes nos rodean, y a confiar en un Dios al que sabemos siempre de nuestro lado.

¿Cómo logras equilibrar el deseo de vivir en el amor con la experiencia del pecado? ¿Qué quiere decir en tu vida que Dios revela sus proyectos a los pequeños? ¿Tienes experiencia de que la confianza en Jesús y su evangelio, te ayudan a descansar de los agobios de la vida?

F/ Dominicos.org

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