Engañados para combatir: peruanos en la trampa de la guerra
La reciente denuncia sobre una red que habría captado a ciudadanos peruanos para enviarlos a la guerra entre Invasión rusa de Ucrania revela una realidad incómoda, la vulnerabilidad económica puede convertirse en una puerta de entrada hacia formas modernas de explotación. No se trata solo de un escándalo internacional, sino de una señal de alerta sobre cómo la desesperación laboral puede ser utilizada como mecanismo de captación. Promesas de sueldos entre 1.700 y 2.500 euros mensuales bastaron para convencer a decenas posiblemente cientos de peruanos de viajar a Rusia, sin imaginar que terminarían en el frente de combate.
Las cifras son contundentes y preocupantes. Según estimaciones del abogado Percy Salinas, alrededor de 600 peruanos habrían viajado desde octubre de 2025, y al menos 13 habrían muerto. Más allá de los números, el patrón descrito por las investigaciones, retención de pasaportes, contratos engañosos y coacción encaja claramente con dinámicas de trata de personas. Esto plantea una pregunta urgente, ¿cómo es posible que estas redes operen con tal eficacia en pleno siglo XXI, utilizando redes sociales y falsas ofertas laborales como principal herramienta de captación.
La respuesta no solo apunta a organizaciones criminales internacionales, sino también a vacíos estructurales dentro del propio país. La falta de oportunidades laborales dignas y bien remuneradas empuja a muchos ciudadanos a asumir riesgos extremos. En ese contexto, las advertencias oficiales resultan insuficientes si no van acompañadas de políticas públicas que reduzcan la precariedad. No basta con investigar cuando el daño ya está hecho; el Estado debe anticiparse, fiscalizar y educar para evitar que más peruanos caigan en estas trampas.
A nivel internacional, el problema adquiere una dimensión aún más compleja. La captación de extranjeros para conflictos armados no es exclusiva del caso peruano; más de 27.000 combatientes de 135 países han sido identificados luchando del lado ruso, lo que evidencia una estrategia global. Esto no solo agrava el conflicto, sino que convierte a ciudadanos de países en desarrollo en piezas reemplazables dentro de una guerra geopolítica que no les pertenece.
En definitiva, este caso no debe leerse como un hecho aislado, sino como el reflejo de una crisis más profunda; la intersección entre desigualdad, crimen organizado y conflictos internacionales. Mientras no se aborden las causas estructurales que empujan a las personas a aceptar este tipo de ofertas, seguirán existiendo redes dispuestas a aprovecharse. La indignación es necesaria, pero la acción desde el Estado y la sociedad es impostergable.
Redaccion Patty Mamani

