El abandono de mascotas también mata

La muerte de una mujer en Cerro Colorado, presuntamente atacada por una jauría de perros, no solo debe estremecernos como sociedad, sino obligarnos a mirar un problema que durante años ha sido ignorado: el abandono de mascotas. Cuando un perro termina viviendo en la calle, expuesto al hambre, al frío, a la violencia y a la indiferencia, no aparece allí por decisión propia. Detrás de cada animal abandonado hay, casi siempre, una persona que no asumió su responsabilidad.

Es fácil culpar a los perros cuando ocurre una tragedia. Es fácil llamarlos peligrosos, pedir que los retiren de las calles o exigir soluciones inmediatas cuando ya hay una víctima que lamentar. Sin embargo, el problema no nace en el animal, sino en la irresponsabilidad humana. Un perro que alguna vez tuvo dueño, casa y alimento, al ser abandonado debe aprender a sobrevivir. En ese proceso puede unirse a otros animales, formar jaurías y actuar por instinto, miedo o defensa.

Esto no significa justificar un ataque ni minimizar el dolor de una familia que ha perdido a un ser querido. Una muerte como la ocurrida en Cerro Colorado debe ser investigada y atendida con seriedad. Pero también debe llevarnos a comprender que la solución no puede reducirse al castigo contra los animales. El verdadero problema está en la falta de tenencia responsable, en la ausencia de esterilización, en el abandono impune y en la poca acción preventiva de las autoridades.

Tener una mascota no es un acto pasajero ni una decisión tomada por emoción. Es un compromiso de años. Implica alimentar, vacunar, esterilizar, cuidar y proteger. También implica entender que un animal no es un objeto que se puede desechar cuando crece, se enferma, ensucia, ladra o deja de ser conveniente. Abandonar a una mascota no solo es un acto cruel; también puede convertirse en un riesgo para la salud pública y la seguridad de la comunidad.

Las autoridades tienen una tarea urgente. Se necesitan campañas permanentes de esterilización, programas de adopción responsable, identificación de mascotas, sanciones reales contra el abandono y espacios adecuados para atender a animales en situación de calle. Pero la ciudadanía también tiene una responsabilidad que no puede evadir. No basta con indignarse cuando ocurre una tragedia; es necesario actuar antes de que suceda.

Cada perro abandonado representa una falla colectiva. Falla quien lo deja en la calle, falla quien mira el problema con indiferencia y falla el Estado cuando no implementa políticas efectivas de control y protección animal. El abandono no solo condena al animal a una vida de sufrimiento, también expone a niños, adultos mayores, trabajadores y vecinos a situaciones de peligro.

Por eso, hablar de jaurías no debe llevarnos únicamente a hablar de miedo, sino de responsabilidad. Los animales no son culpables de haber sido abandonados. Son consecuencia de una sociedad que muchas veces compra o adopta sin conciencia, que abandona sin culpa y que exige soluciones solo cuando el problema ya se volvió tragedia.

La muerte ocurrida en Cerro Colorado debe marcar un antes y un después. No podemos seguir normalizando ver perros durmiendo entre basura, buscando comida en las calles o formando grupos para sobrevivir. La protección de la vida humana y el bienestar animal no son causas opuestas; ambas requieren la misma respuesta: responsabilidad.

Porque cuando una mascota es abandonada, no solo se rompe un vínculo de cuidado. También se siembra un problema que, tarde o temprano, puede terminar lastimando a otros. El abandono de animales no es un hecho menor. Es una forma de violencia silenciosa que puede tener consecuencias irreparables.

Redacción Luz Flor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *