Miércoles 8 de julio del 2026. Decimocuarta semana del Tiempo Ordinario – Año Par

Primera lectura de la profecía de Oseas 10, 1-3. 7-8. 12

Salmo 104, 2-3. 4-5. 6-7 R/. Buscad continuamente el rostro del Señor.

Mateo 10, 1-7: vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca

“Les dio autoridad para curar toda enfermedad y dolencia”

El texto de Mateo narra la institución de los Doce, un grupo reducido de los discípulos, a quienes consideramos apóstoles.

Jesús no es un profeta ni un predicador solitario, quiere tener junto a sí a otros a los que llama para que vivan cercanos a él y para que compartan su causa.

No se trata sólo de constituir un equipo de trabajo. La espiritualidad de Jesús hunde sus raíces en la tradición de Israel. El número doce tiene resonancias veterotestamentaria: las tribus que componían el pueblo. Al elegir doce apóstoles, Jesús expresa su convencimiento de que con él y sus seguidores se se constituye el nuevo pueblo, un pueblo que, redimido, será enviado para anunciar a todos los pueblos, a todos los hombres y mujeres, que el Reino ya está aquí y que la historia va a cambiar.

Los Doce forman un grupo heterogéneo, constituido por gente sencilla que vive de su trabajo, y que se convierte desde entonces en un grupo itinerante que sigue a Jesús.  Esto es significativo también. Jesús no se rodea de la flor y nata de aquella sociedad. Tampoco de gente económicamente potente o con un  notable patrimonio cultural. Entre ellos no hay sacerdotes ni escribas. Ni todos son tan virtuosos que la convivencia entre ellos sea una balsa de aceite: algunos deseaban la preminencia y el poder.

Poco a poco, a lo largo de tres años, el Señor va educándoles con paciencia. Presencian sus signos, escuchan sus palabras, les explica en privado algunas parábolas. Corrige sus expectativas sobre su persona y su misión: es un Mesías siervo. Aprenden el valor de la compasión hacia los débiles. Les va familiarizando con el drama de su pasión y les anuncia la resurrección. En suma, les está preparando para que se conviertan en los testigos de su vida, de su misterio y de su ministerio.

Hay dos precisiones en el relato que conviene destacar. En primer lugar les da “autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Jesús comparte con ellos su poder para sanar. La salvación que anuncia con su palabra se realiza con sus milagros, aunque estos no son tanto manifestación de poder cuanto  signos  de compasión. Y muestras de que la salvación cristiana es de la persona entera, simbolizada en el cuerpo, y no sólo en un alma separada.

En según lugar, las instrucciones finales de no ir a tierra de paganos, sino de centrarse “en las ovejas descarriadas de Israel” extrañan porque con Jesús caen las viejas fronteras y se inicia una religión universalista. Posiblemente, el Señor está invitando a ordenar la propia casa antes que limpiar la calle.  Es verdad que nadie da lo que no tiene. Sólo las personas integradas son una promesa y no una amenaza para la comunidad. Sólo las comunidades que encarnan los valores del Evangelio, pueden anunciarlos y ofertarlos creíblemente a otros. Sólo quienes evangelizan su propio corazón pueden evangelizar a otros. Porque la evangelización no es el resultado de discursos brillantes, sino de transformación de corazones.

¿A qué dios consagramos nuestro corazón: ¿al Dios Padre que nos cuida y nos pide cuidar a los hermanos, o a los dioses del consumo y el mercado? ¿Pretendemos seguir a Jesús de forma individualista o desde y con nuestra comunidad? ¿Somos conscientes de que podremos evangelizar a otros si previamente nos evangelicemos algo más a nosotros mismos?

F/Dominicos.org

 

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