Lunes 13 de julio del 2026. Decimoquinta semana del Tiempo Ordinario – Año Par
Beato Santiago de la Vorágine
Primera lectura del libro de Isaías 1, 10-17
Salmo 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
Mateo 10, 34 – 11, 1: “No he venido a sembrar paz, sino espada”
El que no toma su cruz…
El Papa Francisco destacaba el hecho frecuente en algunos países, donde ser cristiano es vivir arriesgando constantemente la vida. Por eso, decía que, hoy hay más mártires que en la iglesia primitiva. Y esto es una verdad real, aunque no aparezca en los medios de comunicaión. ¿Quién tiene interés en saber cuántos cristianos son masacrados solo por ser cristianos? Su ausencia de los medios manifiesta que el mundo camina al margen de la sangre que se derrama injustamente y que sigue clamando a Dios como la de Abel. Esos hombres y mujeres han perdido la vida por Cristo y por eso la han enconttrado, en palabras del mismo Jesús.
Creer debería conllevar riesgos, y estos pueden ser de índole variada. Exigirnos una vida auténticamente evangélica, supone afrontar y enfrentar la presencia del mal entre nosotros. Y el mal es tan sutil que se nos cuela, o dejamos que se nos cuele, porque afrontarlo puede desbancarnos de nuestra comodidad. El teólogo Torres Queiruga lo expresó muy bien: “El mal sigue siendo la presencia terrible que amenaza con denunciar como mero idealismo el futuro que promete la esperanza”.
Por todo ello Jesús nos dirige hoy palabras incómodas. No ha venido a traer paz sino guerra. ¡Qué extraño suena esto en labios de Jesús, el Príncipe de la paz! Pero son palabras suyas, dirigidas a quienes querían y queremos seguir sus pasos. Cierto que no es extraño que su seguimiento ocasione separación entre las personas, cuando la fidelidad a su mensaje encuentra oposición entre los nuestros. Cierto, también, que no es una invitación a la discordia sin más, pero sí a la fidelidad. Lo hemos oído muchas veces: ser cristiano tiene un precio. Cómo pagar ese precio es tarea para todo el que quiera ser fiel.
El seguimiento de Jesús no puede encontrar impedimento, aunque provoque sufrimiento y hasta ocasione rupturas. No es extraño que todo ello traiga consigo malentendidos, incomprensiones, rechazos. En los valores del mundo no encajan bien los del Evangelio. El discípulo no puede llevar una vida distinta a la de su maestro y el primero que cargó con la cruz fue Él. En la escala de valores del cristiano no pueden darse razones ajenas al Evangelio. A veces el dolor pasa por nuestra vida. No es definidor de una vida, pero en él puede haber algo de verdad. Etty Hillesum dijo algo que merece la pena señalar: “El dolor no es el lugar de nuestros deseos sino el de nuestra verdad”.
Una vez más, Jesús no edulcora o suaviza las consecuencias del seguimiento. Las dificultades y problemas tienen una consecuencia inmediata: ganamos la vida real, esa que nadie puede arrebatarnos, aunque hayamos perdido esa otra que tiene una segura caducidad.
¿Qué sentimientos provocan en mí las palabras de este evangelio? ¿Qué consecuencias ha tenido la fe en mi vida? ¿Cuántas veces he dado la cara por Jesús afrontando el desprecio o la risa de los demás?
F/Dominicos.org

