Martes 28 de Abril de 2020. A. 3ª Semana de Pascua
Pedro Chanel, mártir (1841). Luis Ma. Grignon, fundador (1716)
Hch 7,51-59: Jesús, recibe mi espíritu. Salmo 30: A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Jn 6,30-35: Mi Padre es quien da el verdadero pan.
Jn 6,30-35 Muchas veces queremos ver señales, milagros para creer. No hacemos el esfuerzo para conseguir lo que nos proponemos. Hemos olvidado a Dios. No queremos cambiar en nuestras vidas. Nos atrae más lo material, la diversión, lo mundano, no cuidamos nuestras vidas ni la creación. No sabemos escuchar a Dios.
Escuchar a Dios, escuchar al otro es un don maravilloso, nos hace más personas. Esta es una oportunidad para dialogar y escucharnos unos a otros. Quien no piensa en el otro, no piensa en Dios. Escuchar a Dios es entrar en tu interior para buscar un mundo con rostro más humano.
Jesús responde: “no fue Moisés, quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo” (v.32). Jesús los remite a la experiencia de la liberación en el desierto. Ser libres exige esfuerzo, trabajo, reconocer la presencia que Dios está allí en ese proyecto de libertad. No podemos contentarnos con llenar el estómago. Ser fieles al proyecto de Dios, nos exige unirnos, organizarnos, para garantizar el alimento diario del amor, respeto a la dignidad de cada ser humano, a nuestra libertad, justicia, comunicación, diálogo para lograr una paz estable, duradera y convivir como hermanos. Es desterrar el egoísmo para llenarnos del amor a Dios y al prójimo.
El Papa Francisco en su mensaje de Pascua nos recuerda: “Este no es tiempo de indiferencia. Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora que los negocios están cerrados. Que se rebajen las sanciones internacionales de los países afectados. Por parte de todos los países que se condone la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres”
Esta pandemia que afecta a todos, cambie nuestras vidas, para actuar como Jesús resucitado buscando más unión, solidaridad y a trabajar no por el alimento que perece, nos sigue repitiendo Jesús. “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed” (v.35).
Alimentemos del Pan Vivo, Jesús para tener la fuerza de la fe con obras: hacer comunidades cristianas que se comprometen con el cambio del país, no tener miedo de ir construyendo un país con más transparencia, evitando todo pecado que divide y perpetúa injusticias y corrupción. Danos el Pan vivo para ser testigos del evangelio de la verdad y la vida.
(Fr. Héctor Herrera, o.p.)

