Miércoles 18 de Setiembre de 2019. 24ª Semana T.0.
SAN JUAN MACIAS, O.P.
Sab. 7,7-10.15-16: Supliqué y me concedió la prudencia. ´1 Cor. 1,26-31: Dios escogió lo necio de este mundo para humillar a los sabios. Lc. 12, 32-34: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.
T.0. 1Tim 3,14-16: Grande es el misterio. Salmo 110: El Señor recuerda siempre su alianza. Lc 7,31-35: ¿Con qué compararé a esta generación?
Hoy recordamos al hermano dominico Fr. Juan Macías, nació en la ciudad de la Ribera, Extremadura, España en 1585, amigo de San Martín de Porres.
Juan era huérfano desde muy niño. Trabaja como pastor para sobrevivir como hoy lo hacen nuestros niños en los pueblos olvidados. En la soledad del campo, oraba, comprendió que su misión era en nuestra Latinoamérica. Pasó por Colombia, Ecuador. Llegó a Lima. Después de trabajar como pastor en una hacienda, repartió su salario entre los pobres. Ingresó al Convento de Santa María de Magdalena de los Frailes Dominicos, como hermano cooperador. Juan Macías se convierte en “Padre de los pobres, de los huérfanos y necesitados”. Hoy nos enseña a saber mirar a las personas, sobre todo a los emigrantes con amabilidad solidaria.
Fr. Juan Macías fue canonizado por el Santo Papa Pablo VI, el 28 de setiembre de 1975. Su fiesta en la Orden Dominicana, se celebra el 18 de setiembre. Se caracterizó por su amor a los pobres y vivió entre los pobres, él mismo experimentó lo que es vivir pobre y en condiciones de un migrante de España, que venía a América. Pablo VI, hablaba de su testimonio de pobreza evangélica: “el joven huérfano, ayuda a los pobres “sus hermanos”, mientras les comunica su fe; el emigrante que, guiado por su protector san Juan evangelista, no va en busca de riquezas, como tantos otros, sino para que se cumpla en él la voluntad de Dios; el mozo de posada y el mayoral de pastores que prodiga secretamente su caridad en favor de los necesitados, a la vez que les enseña a orar; el religioso que hace de sus votos una forma eminente de amor a Dios y al prójimo; que no quiere nada para sí más que a Dios; que desde su portería combina una intensísima vida de oración y penitencia con la asistencia directa y la distribución de alimentos a una verdadera muchedumbre de pobres; que se priva de buena parte de su propio alimento para darlo al hambriento, en quien su fe descubre la presencia palpitante de Jesucristo; en una palabra, la vida todo de este “padre de los pobres, de los huérfanos y necesitados”.
“También hoy debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños. Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades? (3era. JMP. La Esperanza nunca se frustará. 19.11.2019).
Fr. Héctor Herrera op.
