Martes 14 de abril del 2026 – Segunda Semana de Pascua

Primera Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-37
Salmo 92, 1ab. 1c-2. 5 R/. El Señor reina, vestido de majestad

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 7b-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

 

Nicodemo le preguntó:

«¿Cómo puede suceder eso?».

 

Le contestó Jesús:

«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

 

Reflexión

Nos toca “nacer del Espíritu” y como en su momento, Nicodemo, nos preguntamos cómo puede ser eso y las palabras de Jesús no nos ayudan demasiado: Cuando Jesús nos habla de las cosas de la tierra parece que nos cuesta creerlo y, si nos habla de las celestiales, la oscuridad es total. Solamente con un ejercicio de fe absoluta, podemos fiarnos de las palabras de Jesús y tratar de entender lo que nos dice. Es claro que nadie ha subido al cielo y bajado después, salvo el mismo Jesús. Los humanos estamos en una oscuridad total. Puede que estudiemos muchas teologías, que hablemos largo y tendido de los misterios de Dios, pero no dejarán de ser palabras, puras teorías sin apoyo empírico. Seguramente terminaremos diciendo, como Santo Tomás, que “todo lo que hemos pensado sobre Dios, es pura paja”, porque la realidad de Dios queda fuera de las posibilidades de nuestras pobres mentes.

Termina Jesús dándonos un pre-anuncio de su muerte: el Hijo del Hombre tiene que ser elevado, como hizo Moisés con la serpiente de bronce, para que, si nuestra fe sabe mirarle y verle, podamos aspirar a la vida eterna.

Ese es nuestro sentido, nuestra orientación vital: la fe es nuestra única luz; solo mediante ella podremos decir con convicción: “Señor, yo creo que tu eres el Hijo de Dios y solo tú puedes dármelo a conocer y salvarme”, “porque la santidad es el adorno de tu casa”.

F/ Dominicos.org

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